Los libros de las mesillas no se tocan

22 de agosto de 2009
Señores, otra joya "minúscula"

Me hurtaron a Marina Tsvitáieva de la mesilla de noche. La portada con un Zeus vestido contemporáneo de la editorial minúscula debió de llamarle la atención. No fue muy consciente del delito pues mientras éste se perpetraba, yo me relajaba con una ducha fría disfrutando de la autosatisfacción masculina del trabajo bien realizado.

Recuerdo que mientras me lavaba la cabeza con mi champú anticaída (la treintena ya ha llegado) oí la voz de mi confidente nocturno pronunciar unas palabras inaudibles a las que yo contesté sin dudarlo un rotundo sí. Evidentemente debían hacer referencia a su marcha y con ella a la del libro y no a la preparación de un generoso desayuno. Fue al salir del baño como un Mihura a la plaza cuando me encontré sin alimentos, huérfano de pareja y viudo de libro.

Ese mismo día recibí un sms: "Me llevé ‘Viva voz de vida’ sin decir nada por si no me lo prestabas. Lo he leído de un tirón. Es maravilloso, íntimo y desolador. Te lo devolveré pasado mañana". Sí, aunque no se lo crean, el mensaje era así, con todas las letras y con adjetivos como luminoso o increíble a lo que pensé "sabía que eras un ladrón lo que desconocía era tu tendencia hacia la cursilería y el barroquismo". Sin embargo y con la esperanza de repetir hazaña sexual, respondí a su modo: "Para mí también es un libro excepcional, único. No se puede expresar tanto cariño y admiración ante la pérdida de un amigo".

Fue en una segunda cita en un bar de Antón Martín, con Marnie la ladrona cuando entre caña y caña nos relatamos las angustias que sentimos al leer a Tsvitáieva, nombre que nosotros pronunciábamos cada vez de manera diferente. El encuentro inicial entre el escritor y pintor Maxilimián Voloshin y la jovencísima Marina fue sólo el principio de una relación de admiración y respeto a la cual nosotros ebrios de locuacidad calificamos de imposible e inimaginable en la actualidad.

Marina (de difícil pronunciación) Tsvetáieva

Según avanzaba la noche fuimos analizando y desgranando al personaje de Max a través de la sugerente y amorosa visión de Marina. Descubrimos juntos visiones que nos habían pasado desapercibidas en nuestra lectura individual y que puestas en común resultaban más poderosas y enriquecedoras. La fusión del escritor con la tierra de la que emana y a la que siempre regresa, el perfil marítimo costero que se confunde con su semblante del Dios del Olimpo, el personaje convertido en mito que consigue de hacer de su vida la autentica obra que le perviva (un prePepín Bello pero con legado físico), la dicotomía entre un germanófilo no consciente de su adoración por el país más bélico de Europa y un apasionado sentimiento afrancesamiento que encubre una verdadera fobia antigala fueron temas apasionados de debate entre ella y yo.

Las anécdotas que Marina rescata sirven para desempolvar los hermosos recuerdos de su amigo recién fallecido que nos conducen a las historias que con él vivió. Éstas sirven de inyección para que el lector se reactive esa sensación amarga y a la vez gratificante de recordar a los seres queridos fallecidos. Así coincidimos, mi amante de bar y servidor, que la grandeza de esta biografía de la memoria radica entre otras muchas cosas en el rechazo que hace del dolor por la perdida. Porque Marina Tsvitáieva no se ensaña en la ausencia sino que nos transmite de forma alegre como gozó con Max y las experiencias vitales de las que fueron cómplices.

Vía Marina/Max conversamos, reímos y sobre todo discutimos sobre si la literatura rusa es superior a la francesa o a la alemana y nos mirábamos confesándonos admiradores de Chejov, Pushkin, Dostoievski, Tolstoi y a esas horas brindamos por el mejor ruso de todos: Boris Yeltsin que dedujimos debió tener un gen común con Boris Karloff (el alcohol lo puede todo).

Atropellándonos con referencias del libro, como si el otro no lo hubiese leído, buscamos comparaciones con otros textos y yo revelé casi vergonzosamente que se asemejaba a la elegía de Miguel Hernández. Comenzó a tararear a Serrat, borrando mis complejos y yo seducido por su mirada directa no tuve más remedio que seguirla, acabando como un preso reincidente en su cama.

Retrato de Max

Fue a la mañana siguiente cuando me despertó el ruido de la ducha. Algo confuso por lo acaecido la noche pasada comencé a repasar el cuarto en el que me encontraba. Allí junto a la cabecera en una banqueta que hacía cumplía las funciones de mesa supletoria encontré un libro que me llamó la atención 'Natalia Goncharova. Retrato de una pintora' de Marina Tsvitáieva.

En ese instante supe que tenía que llevármelo. Así que pérfido como Moriarty recogí mis cosas y zarpé fugaz con el libro en la mano, dejando una nota que decía: "Los libros de cabecera son aquellos que más nos gustan. Nunca deben robarse y menos sin un beso de despedida".

Publicado en soitu.es (19-8-09)


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¡Muera yo y viva mi fama!

24 de septiembre de 2008

¿Habré apagado el gas?

Suicidio y literatura. Muchos son los que se han ocupado de "los grandes impacientes" como los definió el escritor austriaco Stefan Zweig (los últimos, los amigos de 'Vacaciones en Polonia'). Una deserción que ha sido motivo de inspiración para libros maravillosos como la 'Agencia general del suicidio' de Jacques Rigaud o para grupos como la entente conocida como Suicide.

Es difícil hablar de este tema sin generar algún tipo de debate entre los partidarios del derecho a la muerte y los que estigmatizan a éstos como heréticos asesinos. Estas discusiones por lo general basculan entre el discurso simplista de algunas asociaciones pro-vida y algo como muy sesudo e intelectual a lo Durkheim o a lo Camus. Por eso se agradece el tono desenfadado que emplea Jean Teulé en 'La tienda de los suicidas' (Bruguera), una obra ligera pero repleta de humor negro y que se devora fácilmente en un par de bocados.

Las familias disfuncionales han dado mucho juego en el mundo de la literatura (sin ir más lejos la semana pasada les hablábamos de la saga de los formidables Kalandrian). En esta ocasión les queremos proponer un nuevo y original ejemplo con los Tuvache: una familia que ha venido ocupándose durante generaciones de facilitar el suicidio a todos aquellos que se acercan hasta su comercio, conocido como "La tienda de los suicidas". Para ello ponen a disposición de la clientela todo tipo de artilugios y brebajes que ayuden al cliente a abandonar este valle de lágrimas: estricnina (veneno que da nombre al dardo sónico que más ha hecho saltar a quien esto escribe), dagas para practicarse un harakiri, amanitas phalloides, sogas artesanales... todo aquello que sirva para cumplir con el lema del establecimiento: "¿Su vida ha sido un fracaso? Con nosotros su muerte será un éxito".

Sin embargo, como en toda familia, hay una oveja descarriada. Y ésa es Alan, el pequeño de la familia Tavuche, un alegre y risueño mozalbete que se empeña en ver siempre el aspecto positivo de la vida por muchos telediarios que sus escépticos progenitores le hagan tragar. Y mientras que sus hermanos Vincent —un atormentado esteta del suicidio— y Marilyn —femme fatale que suministra la muerte a través de sus labios— continúan la tradición familiar del "ars morendi", los padres no dejan de preguntarse qué pudo fallar para que el pequeño Alan haya desarrollado ese inquebrantable optimismo que poco a poco transformará a todos los que le rodean.

'La tienda de los suicidas' logra momentos ciertamente hilarantes, muy deudores en cierta medida del humor negro (y pelín cafre) de los años treinta como diría un amigo de los Infames. Es verdad que este librito podría dar vuelo a Tim Burton para crear una nueva familia Adams, sin embargo, el libro se agota en su misma idea inicial, pues más allá de lo original e irreverente del argumento, hay poco que contar. O sí lo hay, pero Teulé no ha sabido hacerlo.


No señores, esto no es un bukkake


La reciente muerte de David Foster Wallace y el centenario de Cesare Pavese han vuelto a poner sobre la mesa (de autopsia) la relación existente entre suicidio y literatura. De algunos casos ya nos ocupamos con anterioridad (René Crevel, Arthur Cravan y Adalbert Stifter... ), pero la lista de escritores a los que la vida se les hizo penosa podría ser extenuante y daría que pensar: Woolf, Hemingway, Levi, Brautigan, Zweig... Aquí van algunos nombres más que puede encontrar en la mesa de novedades:

Cesare Pavese: "No más palabras. Sólo un gesto. No volveré a escribir" dejó escrito dos días antes de su muerte. Sin embargo, el italiano volvería a tomar la pluma para escribir en una nota final: "A todos perdono y a todos pido perdón. No murmuren mucho". Tras lo cual ingirió el contenido de dieciséis botes de barbitúricos. La editorial Lumen acaba de lanzar una nueva edición de 'Entre mujeres solas' y 'La literatura norteamericana y otros ensayos' para celebrar la efeméride.

Sándor Márai: Persona non grata a las autoridades comunistas, se exilió en California, donde perdió a su mujer y las ganas de vivir. Puso fin a su vida de un disparo. Poco tiempo después se convirtió en un fenómeno de ventas. La editorial Salamandra sigue empeñada en que disfrutemos la obra de este escritor húngaro. 'La extraña', su último libro aparecido en nuestro país, es una maravillosa novela sobre la insatisfacción y la búsqueda del amor. Si le gusta Thomas Mann éste es su libro.

Marina Tsvetáieva: Se ahorcó con la cuerda con la que ataba su maleta de exiliada (bueno, esto mejor que se lo cuente otro). 'En el país del alma' (La Poesía, señor Hidalgo) es una serie de emocionantes cartas a familiares y amigos entre los que se cuentan nombres como los de Anna Ajmátova o Boris Pasternak. Hiperión ha lanzado una maravillosa 'Antología poética' que nos descubre a una de las mejores poetas rusas del siglo pasado.

Mário de Sá-Carneiro: Un hotel en París y cinco frascos de arseniato de estricnina. La eterna saudade hizo el resto. 'La confesión de Lucio' (Menoscuarto) es un libro seminal en la literatura portuguesa: bohemia, personajes atormentados y sexualidad bizarra a mansalva. Si Pessoa lo admiraba profundamente ¿por qué no habría de hacerlo usted?

Publicado en soitu.es (21-09-2008)

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