Las desventuras de un húngaro

23 de septiembre de 2009
Uno...

Los que tenemos la desventaja de no contar con una buena memoria poseemos la excusa perfecta cuando de citar autores, obras o partes de las mismas se trata. Nuestro defecto se convierte en aliado ideal para escudarnos en no poder recordar quién dijo aquello o el nombre de un escritor desconocido que acabamos de leer. Así sólo somos capaces de mencionar lo cotidiano y reiterado hasta la saciedad intercalando todo ello con el título de algunas obras muy manidas y de sobra conocidas en el mundo literario. ¡Qué impostura más placentera!

...dos...

Esta 'tara' se convierte en un vicio cuando con la complicidad de nuestra desmemoria podemos ocultar el nombre impronunciable del autor. No hace falta ni siquiera el intento de acordarse, pues ya de origen parece que es imposible de pronunciar. Este el caso de nuestra última recomendación infame, László Krasznahorkai que no es ni el último fichaje Barcelona ni un cantante eurovisivo, sino un estupendo escritor centroeuropeo.

...y tres (el mismo escritor de nombre impronunciable: László Krasznahorkai)

Ser húngaro no debe ser fácil, la compleja marca de nacimiento da una impronta difícil de borrar. Como esas huellas que permanecen días en el barro reseco, la escritura de Krasznahorkai es intensa y concentrada, dura no por el contenido sino por la forma en la que lo trasmite. Un continente áspero pero bien construido y ameno que apetece ser leído.

En su última novela publicada en España, 'Guerra y guerra', el personaje principal, Korin, un archivero de la madre patria húngara, se ve necesariamente envuelto en una situación a la par absurda y desafiante. La lectura de un manuscrito que durante años ha pasado inadvertido entre los diversos legajos de su trabajo, hace que su vida cambie sobremanera.

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Embaucado por la trama del manuscrito, cuyos protagonistas viajan por diversas épocas y lugares buscando un sitio donde poder convivir sin conflictos, decide dar a conocer su hallazgo al resto de la humanidad. La supervivencia y la eternidad de la obra dependen de él. Para salvaguardar toda la armonía y poética que contiene decide abandonar su lugar de residencia, un pequeño pueblo cercano a Budapest para acudir a la capital del mundo, Nueva York, y desde allí difundir el texto. Una vez consiga finalizar su tarea con la ayuda de internet podrá cumplir cercenar su vida, fin último de su extraña andadura.

El aparatoso viaje, que Korin con una peculiar facilidad dificultará más, la impotencia de las situaciones y los ambientes marginales o, mejor dicho, paralelos a la vida tradicional y asentada de las clases burguesas hacen que al lector le vayan surgiendo cientos de preguntas sobre la importancia de la cultura en la sociedad moderna o la relevancia que tiene el ser humano en la cumbre capitalista donde nos convertimos en míseros títeres de fuerzas ingobernables. Los escenarios planteados casi de una manera kafkiana (las angustias, el sufrimiento silencioso, el hombre al filo de su vida…) y un permanente injerto de capítulos o fragmentos del texto misterioso, junto con una historia construida progresivamente, hacen que la tensión vaya en progresivo aumento.

El desenlace final, inesperado a la par que reflexivo, en un espacio de arte junto a una obra del artista Mario Merz, nos traduce una serenidad en parte por la literatura leída y en cierta manera por la impresión que supone la introducción como metáfora última la instalación del artista plástico: el iglú o cabaña. Ese espacio tan propio de Merz donde condensa en media esfera la vitalidad de la vida humana. Un útero protector que nos resguarda de un entorno hostil y agresivo, que también es denunciado continuamente por Krasznahorkai. Ambos creadores recrean con sus respectivas herramientas unas estructuras de apariencias frágiles que sin embargo perpetúan la belleza.

Otra faceta que a Krasznahorkai le ahonda es lo determinante que tiene la acción del hombre en sí, como contraposición a las batallas y la barbarie de la que huyen los protagonistas del manuscrito. Si la guerra supone la concentración de las acciones en un tiempo en base a la aniquilación del enemigo, el personaje de Korin trata a través de su loco experimento ambulante aportar algo que merece ser apreciado por la colectividad. La necesidad de creer en la acción, en el individuo, es lo que hace de esta narración una fantástica metáfora de lo que actualmente vivimos, o quizá padecemos, como residentes en un sistema injusto que justifica la supervivencia del mismo.

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Para los lectores más intrépidos o para aquellos que 'Guerra y guerra' pueda resultarse excesivamente contundente, les recomendamos otra obra del mismo autor, en este caso breve publicada también por Acantilado, 'Ha llegado Isaías'. Se trata de un relato donde el mismo protagonista, Korin, entra en el bar de la estación de autobuses a tomar algo. El ambiente nocturno y la soledad, solo se rompe con la conversación del compañero de barra: "Querido ángel, llevo mucho tiempo buscándote".

El encuentro aparentemente fortuito con el ocupante del taburete cercano (no busquen similitudes con el ángel de Wenders en 'El cielo sobre Berlín' o 'Las alas del deseo') le sirve a Krasznahorkai para generar una narración, muy del gusto Infame, de alcohol, reflexiones variopintas y un finiquito tan coherente que pone punto y seguido o final a este libro pues puede ser intervalo, final o principio del anterior ('Guerra y guerra'). Un dos por uno al alcance de todos.

Publicado en soitu.es (18-9-09)


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Desvelando el presente a través del pasado

11 de mayo de 2009
¡ cómo le gustaba el fotomatón !

Hace poco una mujer de edad indefinida, mirada traviesa y alegre, risa disparada y muy habladora me reveló pausadamente una de esas verdades íntimas que conforman nuestra vida: "Yo ya no estoy para perder el tiempo. Yo ya no leo a nadie que haya nacido después de los 70". Admirado por tal afirmación, aumenté mi nivel de atención poseído por su palabra y la seguí por una conversación cargada de pasión y literatura.

Carmen, supongamos que se llama así, insistió en que teniendo en cuenta lo que ha leído y lo mucho que le queda por leer, es mejor acudir a valores seguros, y entre ellos abundan más los nacidos antes de esa década. Transcurría la conversación y mencionaba nombres, nacionalidades y fechas, autores conocidos o totalmente ajenos para mí. Iba y venía, jugaba con mi intelecto conocedora de su sabiduría lectora mientras consumía con energía su cigarrillo.

Lo que Carmen ignoraba era la transformación que yo observaba en ella según avanzaba nuestra conversación. Poco a poco fui encontrando sus rasgos de protagonista literaria. Cabeza recta, pausados gestos, sonrisa amplia, aguda inteligencia, elevada cultura y una fisonomía que una vez fue hermosa y que hoy mantiene ese indefinido atractivo de mujer madura. Carmen se había transformado en una protagonista femenina de Stefan Zweig, como la del último libro publicado 'Viaje al pasado'. Ese personaje que se esboza pero que no acaba de desvelarnos su particular personalidad.

En 'Viaje al pasado', editado también por Acantilado en el volumen de relatos 'La Mujer y el Paisaje', Zweig narra una historia de amor marcada por la ruptura, el anhelo de encuentro y la idealización que este último conlleva. De manera sencilla y delicada, Zweig relata el ascenso de Ludwig, químico de origen humilde en el Frankfurt industrial. Ludwig por su abnegado trabajado será llamado por uno de los importantes hombres del consejo de administración de la empresa para ocupar el cargo de secretario personal. Para ello deberá mudarse a la casa de éste, lugar donde a partir de ese momento comienza el conflicto amoroso con la esposa de su superior. Justo cuando este amor parece ser correspondido, tienen que separase bruscamente al ser trasladado Ludwig a México en una importante misión empresarial.

La ruptura marcada por el alejamiento físico, el tiempo transcurrido y el comienzo de la I Guerra Mundial marcarán definitivamente la desaparición del vínculo que les unía. Sin embargo, el pasado siempre llama dos veces y así podrán retomar casi 10 años después la amistad produciéndose el inevitable reencuentro, casi a la manera de Uhlman. Ludwig, sobre el que recae toda la acción de la novela, sobre el que conocemos todo, trata de revitalizar esa relación, volviendo a desempolvar la pasión. Ella que ante la presencia de su esposo no fue capaz de dar rienda suelta a su amor, hoy está inapetente, gustosa de reencontrarse con el pasado, con esos recuerdos que la mantuvieron viva, quizá cuando su esposo y ella ya habían dejado de ser uno. Por ello parece que al final, Ludwig también se une en ese sentimiento de melancolía juvenil y da sentido a su viaje de vuelta y al encuentro con su antigua amada, "desvelándole el presente a través de su pasado" y entendiendo que ya no será posible aquello que pasó.

Zweig no merece menos que estas ediciones

Como en todas las obras de Zweig, la elegancia de su escritura, la descripción de los sentimientos de los protagonistas fiel reflejo del profundo estudio psicológico a los que les va sometiendo según avanzan sus narraciones nos dan una riqueza de sensaciones sin sobrecargas ni retorcidas formas literarias. Si analizamos superficialmente sus argumentos podemos caer en la tentación de pensar en los folletines romanticones del siglo XIX. Sin embargo al leer a Zweig, descubrimos una literatura profunda y sentimental, basada en las pasiones y preocupaciones de los hombres. Parece trasladar el ambiente convulso y tenso del mundo cambiante que le tocó vivir durante toda su vida con la serenidad del hombre del batín sentado en su sillón.

La captación y representación de los personajes desvelan las grandezas y miserias humanas como en 'Mendel el de los libros' también recientemente publicado por Acantilado. En este narración un librero (¡oh, profesión de profesiones!) asentado en un café vienés da servicio a cientos de personas que recurren a su bien ganada fama y sapiencia. Recuerda a determinados personajes embutidos en libros o perdidos en sus mundos como Funes el memorioso (Borges), a los cuales se comprende en su locura literaria y se acaba por querer como al afectado por una enfermedad mortal que desconoce padecer.

Al igual que en 'Viaje al pasado' el comienzo de la I Guerra Mundial trunca la vida de Mendel. Un golpe de mala suerte le hará ser encerrado en un campo de concentración, al cual sobrevivirá físicamente pero la miseria vivida le marcará para siempre. Apenado y carente de esperanza vagará por Viena con un libro hasta que la muerte lo atrapa definitivamente.

El odio al diferente, al desconocido, la injusticia y la desesperanza se mezclan en este estupendo y breve libro que mantiene las virtudes del mejor Zweig, autor de cabecera, nacido antes de los 70 y que sin saberlo nos ha dejado una protagonista callejeando por Madrid.

Publicado en soitu.es (9-5-09)


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Una de cal y otra de arena

31 de marzo de 2009
Portada de "El lobo"

De niños, antes de acostarnos, suelen leernos cuentos para conciliar el sueño. Historias breves (muchas de ellas ilustradas) protagonizadas por personas, animales o cualquier ser imaginario que nos conducen a mágicas experiencias, al mismo tiempo que nos ejemplifican comportamientos a seguir.

Quizá por estar tan ligado a esa sensación de aprendizaje a través de moralinas finales, en la vida adulta he tratado de mantener cierta distancia con los libros que a priori pueden contener un mensaje con olor a fábula infantil. Sin embargo, y todavía no sé si por error u omisión, tuve la otra tarde el desvarío trágico de adquirir 'El lobo' (Mondadori ), reencontrando de golpe con aquello que quería evitar.

Con ese título, una bonita portada y el eco de las palabras graves de Félix Rodríguez de la Fuente resonando en mi mente no pude sino comprar el ejemplar. El protagonismo que obtuvo en las últimas feria de Londres y Frankfurt y las críticas favorables que se han realizado parecían avalar la adquisición de la primera novela de Joseph Smith. Mis jugos literarios no tardaron en comenzar a digerir la prosa de Smith al tiempo que aumentaba la decepción de su lectura.

'El lobo' narra en primera persona las experiencias de este depredador carnívoro en un frío invierno. La carencia de alimento, el miedo al hombre y su relación con el resto de fauna determinan un relato en el cual no acabo de penetrar. La excesiva humanización del lobo, una historia poco apasionante y mi condición de urbanita (con marcados rasgos de nulidad ecóloga) me prolongaron el libro más allá de las 120 páginas de extensión. Aplastante y densa sería la conclusión como la moraleja final que se puede llegar a hacer previsible desde la mitad del libro. Una fábula, aunque el autor no lo pretenda, que no recomendaría ni siquiera a los fanáticos defensores de nuestro depredador nacional.

Otro alumbramiento de Acantilado

Todo lo contrario ocurre en la novela 'El nacimiento' de Alexéi Varlámov. La breve y delicada historia de una pareja distanciada por los años que van a concebir su primer hijo. El niño, fruto inesperado, les hace volver a compartir un proyecto que los dos perciben como independiente pero que necesita de la otra parte para poder salir adelante.

Varlámov une al matrimonio en torno a esa idea de dependencia del hijo todavía no nacido y el miedo que les sugiere el poder llegar a perderlo. Así ante los problemas de la gestación, el autor profundiza en los sentimientos de los protagonistas de la novela. Destapa las sensaciones y percepciones que los progenitores van acusando en el largo proceso del nacimiento que parece no tener fin.

La angustia hasta llegar a ver a su primer vástago y el terror de su prematuro parto conducen a una relación de dependencia vital que sobrepasa la vida del neonato. Es en ese momento cuando los progenitores toman noción de su nueva condición y lo que esta conlleva. El sufrimiento incesante y continuo por el recién nacido, depositario de las esperanzas e ilusiones de una existencia más feliz, se agudiza ante el débil estado de salud y el debate de su supervivencia.

Localizada en la Rusia contemporánea, 'El nacimiento' no plantea dilemas morales ni cuestionan las ideologías particulares sino que desvela la problemática que supone el nacimiento de un hijo y las dificultades que este puede conllevar. Publicado originalmente en 1995, llega ahora a las librerías españolas de la mano de Acantilado que nos descubre la sensibilidad de Varlámov y su escritura delicada y sutil. Un relato maravilloso y entrañable no apto para futuros padres primerizos.

Publicado en soitu.es (28-3-09)


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UN AUTOR DE NOMBRE IMPRONUNCIABLE PARA LEER ESTE VERANO

3 de agosto de 2008
Recomiendo a mis amigos que traten de no leer autores cuyo nombre no sepan pronunciar. Si no es con seguridad, al menos con cierta soltura. Y aunque todo sea una broma entre nosotros, hasta los argumentos de este tipo tienen su explicación posible.

Todo empezó cuando un amigo leía a Allan Hollinghurst pero nunca se refería a él por su nombre, sino por la obra que de él estuviera leyendo en ese momento: eludía pronunciar su extraño apellido ("jolin… no-sé-qué") y se refería a él primero como el autor de 'La biblioteca de la piscina' y, más tarde, según seguía leyendo, de 'La línea de la belleza'.

Supongo que lo idóneo sería leerlos (claro) pero en la intimidad. Leer a Barbey d’Aurevilly, Siri Hustvedt, Magda Szabo, Houellebecq… pero no decirlo. Al menos hasta que tengamos la oportunidad de poder recomendar alguno de estos autores por escrito. Siempre por escrito, como sucede hoy.

Por eso mismo, aprovechando esta sección donde tratamos de proclamar a gritos algún posible libro para el verano, la recomendación de este fin de semana es la de un escritor (dramaturgo y narrador) polaco de difícil pronunciación: Slawomir Mrozek (con la 'ele' del nombre atravesada por una línea inclinada y un punto sobre la 'zeta' cuyas consecuencias fonéticas desconozco).

Todas las obras que conocemos de él están traducidas por Acantilado, editorial conocida (sobre todo) por su calidad literaria, pero también por la cantidad de nombres impronunciables que podemos encontrar en su catálogo: Juri Andrujovic, Lászlo Krasznahorkai, Arthur Schnitzler, Monika Zgustova…

Los relatos de Slawomir Mrozek incluidos en 'La vida difícil' (Acantilado, 2002) son tan divertidos como duros, pero siempre por los mismos motivos: la naturaleza y las situaciones del comportamiento humano.

Podemos leer una ácida teoría en que se trata de demostrar lo contrario que es el fútbol a los principios del estado totalitario y lo peligroso que sería para éste no ponerle remedio. Así empieza el cuento titulado 'Por un nuevo fútbol':
“Al Supremo Consejo de la Suprema Unión de los Pueblos Supremos.
Deseo llamar la atención del SCSUPS a propósito del fútbol. La práctica de este deporte pone en peligro las bases del sistema.
La gente ve un partido de fútbol y no sabe cuál será el resultado final, y se le puede pasar por la cabeza que el SCSUPS tampoco lo sabe. Lo cual sugiere que puede haber algo que el SCSUPS no sepa. […]”

O descubrir la amarga ironía de una sociedad en la que todos se vigilan unos a otros; donde se crea un "comité de la escalera" para descubrir a través de las mirillas cualquier conducta impropia en el vecindario. Como en el breve relato titulado "Denuncia":
“Al Ilustrísimo Señor Jefe Superior de la Policía Secreta. Con todos mis respetos deseo denunciar que mi vecino se está quedando ciego de un modo antiestatal. […]”

Nos parece imposible leer un relato de este libro sin sentir la necesidad de continuar, y sin alternar de forma inevitable entre la sonrisa y la preocupación. Por eso mismo el texto para la recomendación de hoy es el primer cuento de 'La vida difícil' (editorial Acantilado; traducción de B. Zaboklcka y F. Miravitlles). Quien quiera seguir leyendo, ya sabe dónde poder encontrar a su autor.
Esperamos que disfrutéis de las ironías de la vida y de Slawomir Mrozek.

"LA REVOLUCIÓN

En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa.
Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí.
Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.
Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.
Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.
La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida.
Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedo más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.
Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.
Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por ese “cierto tiempo”. Para ser breve, el armario en medio también dejo de parecerme algo nuevo y extraordinario. Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.
Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en el armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.
Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez “cierto tiempo”también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio –es decir, el cambio seguía siendo un cambio-, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.
De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama.
Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.
Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento recuerdo los tiempos en que fui revolucionario."

(Slawomir Mrozek, La vida difícil, ed. Acantilado)

Publicado en soitu.es (27-07-2008)


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