Dos anécdotas y otra obra maestra de Willa Cather

13 de diciembre de 2008
Así que esta es Willa Cather

En cuanto supe de la posibilidad de conocer el inmenso archivo fotográfico (la mayor parte del cual permanecía aún inédito) de la revista norteamericana Life a través de Google , busqué imágenes de Vladimir Nabokov. Debilidades de uno. Y una vez que le cogí gusto, decidido por completo a perder el resto de la tarde en búsquedas aleatorias de fotografías, probé suerte con la escritora que presentamos hoy: Willa Cather, que apareció falsamente interrumpida mientras escribía en una las portadas de la revista Time del año 1931.

Buscaba una foto suya por la misma razón por la que empecé a leerla hará un par de años. Por curiosidad, como siempre. Y porque me gusta Truman Capote. Me explico: otros muchos, como yo, apuntamos el nombre de Willa Cather como novelista pendiente para descubrir y leer porque fue una de las escritoras favoritas de Capote.

En la foto de la portada de Life pueden apreciarse algunos de los rasgos físicos que Capote describía en su relato sobre el encuentro con la novelista, sucedido unos diez años después de la foto: rostro algo rotundo y campestre, destacando un excesivo mentón y unos hermosos ojos azul pálido, complexión robusta y un corte de pelo algo masculino.

Capote tenía entonces 18 años y trabajaba como periodista en Nueva York, pasando muchas horas en la biblioteca, donde se documentaba para escribir algo sobre sus parientes sureños durante la guerra civil. Willa Cather era mucho mayor, 66 años y con su obra narrativa ya publicada, quizá por eso pudo llamarle la atención aquel jovencito tan empecinado en la lectura y escritura. Un día a la salida de la biblioteca, con una desatada tormenta de nieve, Capote se encontró con aquella dama que tanto le atraía por sus ojos y su elegancia, vestida con un "hermoso abrigo de marta cibelina" y buscando un taxi. De una forma natural entablaron conversación y decidieron caminar juntos por Madison Avenue, con la intención de tomarse un chocolate caliente en algún sitio.

(el joven) Truman Capote retratado por Cartier-Bresson

Luego, en el restaurante Longchamps ella quiso tomar una taza de té y él un martini doble, deseo que a ella quizá le hizo sonreír y preguntarle si tenía edad para escribir. Mientras hablaban entre sí y olvidados del frío de la calle, Capote se declaró "aspirante a escritor", por lo que la conversación giró en torno a la literatura y a los escritores y lecturas favoritas. El desconocido joven dijo a la desconocida señora admirar a Flaubert, Turgueniev, Proust, Dickens, E.M. Forster, Conan Doyle, Maupassant… Ella preguntó entonces por autores norteamericanos, y él señaló entre sus favoritos a Edith Warthon; le gustaba también Henry James, Mark Twain y Melville, pero amaba a Willa Cather, la autora de 'Mi Antonia' (Alba), 'Death comes for the archbishop' y de las maravillosas nouvelles 'Una dama extraviada' y 'Mi enemigo mortal' (Alba, 1999). Parece ser que 'Mi enemigo mortal' era una de las novelas favoritas del siglo XX norteamericano para Capote, y debió preguntarle a la señora si ella había leído esa estupenda novela. Ella le contestó afirmativamente, pero aclarando que lo que realmente había hecho era escribir esos libros.

Igual que antes hablaba de hacer el esfuerzo por imaginarse el rostro de la novelista, ahora deberíamos imaginarnos el del joven Capote ante tal coincidencia. Había conocido y estaba sentado frente a uno de sus escritores (sin distinción de sexo) favoritos: Willa Sibert Cather.

Otra anécdota que enlaza a esta novelista, admirada también por William Faulkner, con otro de los grandes escritores del XX, es la de la publicación de 'Una dama extraviada' (Alba, 2002) en el año 1923. Dos años después, Francis Scott Fitzgerald publicaba 'El gran Gatsby', y enseguida escribió una carta a Willa Cather con cierta preocupación por algunas similitudes que podrían hallarse entre ambas novelas e inspirar ciertas sospechas de plagio. Pero Willa Cather le contestó que no encontraba motivos para sentirse plagiada. Muchos dicen que era precisamente 'Una dama extraviada' la novela a la que Scott Fitzgerald le daba vueltas mientras escribía una de sus obras más conocidas, y la responsable en parte –quizá por desmarcarse de ella- de ciertos cambios en el proceso de composición de Gatsby. Pero estas similitudes (o no) deben juzgarlas los lectores.

Los demás también, claro, pero este artículo es una invitación a los fanáticos, admiradores o simples lectores de Capote y Scott Fitzgerald, para acercarse a la obra de Willa Cather. No todo va a ser dedicarse a beber como los grandes escritores.

Este es el libro en cuestión: la recomedación para hoy

Y todo esto por la publicación, también en la editorial Alba, de otra magnífica novela de la escritora, 'Lucy Gayheart'. Y para que no parezca lo que no es: una novelista absolutamente desconocida y aburrida, que escribió hace mucho tiempo. Este texto es una reivindicación: nos daríamos por satisfechos si alguien con curiosidad decide buscar sus obras en las bibliotecas o en alguna librería.

Lucy Gayheart es una joven sensible y con aptitudes para la música. Deja a su familia y al "chico rico" que la pretende en el pueblo de Haverford, para marcharse a la ciudad de Chicago y labrarse una vida dedicada al arte. Ganarse la vida por su cuenta y con lo que mejor sabe hacer, sin depender de nadie: es extraño y hermoso leer la experiencia de una joven que no quiere depender de nadie más que de ella misma en el Chicago de principios del siglo pasado. Allí conocerá al genial barítono Clement Sebastián, mayor que ella y cansado de la vida. Lucy tendrá la oportunidad de ensayar acompañando al piano a Sebastián, y el conocimiento mutuo abrirá en ambas vidas otra posibilidad y necesidad vital hasta entonces desconocida para los dos.

Pocos saben retratar las relaciones humanas (y su evolución a lo largo de una novela) como Willa Cather. Sin sensiblerías, habla del amor y sus dificultades, del afecto familiar y los rencores, de la venganza, de las diferencias entre la vida del campo y el descubrimiento de la ciudad, y de la capacidad del arte para elevar nuestras vidas por encima de todas sus calamidades. En 'Lucy Gayheart', una de las últimas novelas que escribió, y en muchas otras, encontramos tantos momentos sublimes como desengaños, cuando al caer nos sentimos hundidos en el barro: así que la vida era esto.

Posdata: la editorial Alba ha cumplido en 2008 sus 15 años de trayectoria y publicado el número 100 de su colección Alba Clásica, demostrando que es posible mantener hoy en día una propuesta editorial con unos criterios literarios de calidad (títulos, traducciones y diseño) que no sean obstáculo para competir en el mercado. En fin, que no sólo es rentable publicar basura. Alba no sólo publica clásicos y clásicos modernos, sino libros sobre jazz, artes escénicas, cine, cocina… Podéis ver su página web aquí.

Publicado en soitu.es (10-12-2008)


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Truman Capote habla de su encuentro con Willa Cather

4 de diciembre de 2008
Parece ser que esta mujer es Willa Cather, magnífica novelista

Muchos de aquellos (que serán pocos) que hayan leído a Willa Cather habrán llegado a ella a través de la senda abierta por Truman Capote, que en más de una ocasión habló de ella como una de sus novelistas favoritos, y a quien tuvo la enorme suerte de conocer.

El siguiente fragmento es de una entrevista a Truman Capote realizada en 1967 por Gloria Steinem, en la que habla de su admiración por ella y del curioso encuentro entre ambos.

"Gloria: Was there anyone who encouraged you
in your writing?

Capote: No, it was still a private obsesion.
Though later on, after my mother remarried and we were living in Greenwich,
Connecticut, I has a high-school English teacher who encouraged me in every way.
Miss Catharine Wood.

There were authors who comforted me, too, and who opened my
imagination a great deal. Beginning at twelve or thirteen I has a idée
fixe about Flaubert. People like Aubrey Beardsley or Oscar Wilde appealed
to me: there's something about them that demands an imaginative response.
Katherine Mansfield, Thomas Wolfe, Maupassant, Chéjov, Turgueniev, Proust - I
read them all. (Though I was never a fast reader, and I'm still not. I can't
skim. I hear every word sounding in my head.) Proust may have had the greatest
effect on me, more as a person than as an artist. I always felt he was a kind of
secret friend.

The trouble was that I had no one to show my stories to,
nobody to use as a sounding board. It was like playing tennis by myself.
When I was about fiftteen and started sending them off to little magazines, it
was only to get some reaction. No one was more surprised than I was when they
were accepted; I really was surprised. One day when I was seventeen, I got my
three first acceptances at once!

That same year, I met a fellow artist for teh first time, and
it was a turning point in my whole attitude.

We had moved East, you see, and I finished high
school -well, more or less: I never really graduated. And I had a job at
the New Yorker. It was during the war, and they were shorthanded, but they
couldn't send me out on interviews, because I looked about ten or eleven years
old at the most. People would have though it was child labor. So they used to
give me little errands, or hand me packages to wrap or research jobs to
do.

Quite often, I would go to the New York Society Library on
Seventy-Ninth Street to do research, and three or four times I noticed this
absolutely marvelous-looking woman. She had a wonderful, open, extraordinary
face, and hair combed back in a bum. Her suits were soft, but rather severe
-very distinguished-looking- and her eyes. Well, her eyes were te most amazing
pale, pale blue. Like pieces of sky floating in her face.

One day about five-thirty, I came out of the library, and
there she was, standing under the canopy. It was snowing hard, and she was
looking this way and that, as if she couldn't decide whether to walk or to wait
for a taxi. I stood there, too, and she said she didn't think there were any
taxis. I said no, I guessed there was no point trying to get back to the office,
I guessed I'd just go home. Suddenly she said, "Would you like a hot chocolate?
There's a Longchamps restaurant jut around the corner, and we could walk
there."

Well, we walked there, and she said she'd noticed me in the
library several times. I told her I was from the South, was working on a
magazine, and that I wanted to be a writer. She said, "Oh, really? What writers
do you like?" We talked about Turgueniev and Flaubert.

Then she asked what american writers I liked. I told her that
my favorite was Willa Cather. Which of her works did I like best? Well, I
said,
My Mortal Enemy and A Lost Lady were both perfect works
of art. "Tha's very interesting", she said. "Why?" So I told her why, and we
talk for a while. "Well," she said finally, "I'm Willa Cather."

It was one of the great frissons of my life! I knew it was
true the minute she said it. Of course she was Willa Cather!

We talked a little more, and when I finally got out in the
street agan, I was so bowled over that I walked right into a lamppost.

Gloria: Did yoy see her after that?

Capote: Oh, yes, we became quite friendly.
She was really one of my first intellectual friends. While I was growing up, I
knew scarcely anyne who read books. Later on, at the New Yorker, I'd met writers
who were talented, even very gifted. But somehow I never wanted to share my
innermost self with them. My interest in writing, in art, was so intense and
out-of-the-blue. It was almost like having a peculiar sex fetish -for doorknobs,
say- that one else could conceivably undestand. Willa Cather was the first
person I'd ever met who was an artist as I defined the term; someone I respected
and could talk to."

Truman Capote: un collage de sí mismo


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