¿tenía "tigre" la reina Isabel I?

19 de octubre de 2009

¡chitón!

La impostura siempre ha sido un tema de interés y es probable que los impostores de una u otra especie proliferen mientras la naturaleza humana siga siendo tal y como la conocemos y la sociedad siga prestándose al engaño.


No podía estar más en lo cierto Bram Stoker (1847-1912) cuando comenzó con estas líneas su 'Famosos impostores', libro recientemente rescatado gracias al singular empeño de la editorial Melusina. El padre de 'Drácula' (sí, hay más, mucho más, tras la historia del 'chupasangres' universal...) nos ofrece en este libro una variada galería de personajes que hicieron de la impostura todo un arte, alcanzando, en no pocas ocasiones, una insospechada sofisticación.

Son muchos los ejemplos recogidos por el irlandés. En algunos fue la ambición lo que movió a pícaros rufianes a hacerse pasar por monarcas dados por muertos, delfines defenestrados o príncipes perdidos. Entre este grupo de timadores me quedo con el caso de nuestros vecinos y quienes se hacían pasar por el fallecido rey Sebastián de Portugal (que alguno de estos impostores no hablase portugués no era importante para quienes creían en el 'derecho divino') una costumbre que se cimentaba en la creencia del futuro retorno del monarca y que dio origen a un culto seguido, entre otros, por Fernando Pessoa (gran aficionado al ocultismo como Stoker).


el strigoi irlandés, posando para la posteridad

A medida que nos adentramos en este muestrario de mistificadores comprobamos que, tal y como sucede hoy, la impostura se situaba a menudo del lado de la ley. Así lo demuestran el repaso a la trayectoria de los llamados 'defensores de la fe', que llevaron a la hoguera a miles de inocentes en los procesos contra la brujería, esa macabra moda que se extendió a lo largo del XVII y el XVIII. En otras ocasiones, como en el caso de mujeres que se hicieron pasar por hombres, fue la búsqueda de una escapatoria a las estrechas posibilidades que les ofrecía su sexo en aquellos tiempos lo que las movió a la suplantación. Estos casos de ocultación sexual ofrecen una cara de la moneda que se completa con otra: la de aquellos varones que se hicieron pasar por bellas y delicadas damas hasta que llegaba la hora de desenvainar el florete (por favor, no busquen un doble sentido en esto...). Sin duda, el más extraordinario entre estos casos es el recogido por Stoker, según el cual podría llegar a impugnarse la identidad de su Graciosa Majestad, la reina Isabel I de Inglaterra, quien en realidad habría sido... un hombre. Si en algunos ejemplos anteriores el autor se pierde en la minucia, en ésta, por contra, se agradece su fidelidad al detalle, su atención a los jirones de la historia para recabar toda la información posible sobre este caso, que de ser cierto, nos enfrentaría a la mayor impostura de la historia.

El libro de Stoker nos ha hecho reflexionar sobre el universal arte de la impostura, el engaño y la falsificación, disciplinas al alcance de todos nuestros lectores. Y no lo decimos porque sea de gran facilidad ejercitarlas (que también), sino por lo sencillo que resulta hacerse con ejemplos para quien así lo desee. Aquí van algunos ejemplos de lo que ha dado de sí la suplantación en el campo de las letras:

¡pasen y lean!


Impostura racial. La conmemoración del centenario del nacimiento de Boris Vian, Infame donde los haya, no se agota con las canciones de Andy Chango. Así que si todavía no han leído 'Escupiré sobre vuestra tumba' (Edhasa) sepan que podrían estar incurriendo en un delito. Si quieren presentar atenuantes no tarden en conocer la cruda historia de Lee Anderson, un negro de piel blanca y raudales de mala baba.

Impostura religiosa. Hacerse pasar por otra persona tiene un pase... pero aparecerse como la nueva reencarnación de Dios Padre Todopoderoso ante los miembros de la Iglesia del Cristo Fuertemente Armado es otra cosa muy distinta. 'Quién fuera Dios' (Tusquets) nos devuelve en plena forma a Tibor Fischer, el más vitriólico de los humoristas ingleses.

Impostura social. Aprovechando que están reeditando todas las obras del último premio Cervantes es el momento para acercarse a uno de los mejores libros de uno de nuestros autores favoritos. 'Últimas tardes con Teresa' (Lumen) narra la impostura del ínclito Pijoaparte, un charnego agitanado que decide medrar en la Barcelona progre de los años sesenta.

Impostura sexual. Los Tipos Sexuales... perdón, Infames, somos muy dados a la impostura —por exageración— en el campo de lo erótico, pero no hablaremos de nosotros en esta ocasión (¡no por lo que nos pagan!) sino de otro tipo de impostura, la que relata Jeffrey Eugenides en 'Middlesex' (Anagrama), o lo que es lo mismo: eso que se ha dado en llamar 'la gran novela americana', pero contada por un hermafrodita. Genial.

Impostura literaria. Efectivamente, amigo lector, el engaño es práctica habitual en el mudo de las letras. Y la última viene firmada por Stoker, pero no por el bueno de Bram, sino por su bisnieto, quien acaba de publicar al alimón con el supuesto escritor Ian Holt la infumable secuela 'Drácula. El no muerto' (Roca). Si estuviera ante un vampiro y Dacre Stoker a un mismo tiempo y sólo tuviera una estaca no dudaría a quien clavársela... ¡menudo impostor!.
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Impostura ibérica


publicado en soitu.es 19-10-2009

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La canción "infame" más "snob"

14 de junio de 2009
Andy Chango destilando un "java des bombes atomiques" : delicioso licor!

Pasamos la noche de ayer probando distintos brebajes y tratando de recomponer los fragmentos que conseguimos recordar de la canción de Boris Vian, 'Je suis snob', adaptada al castellano por Javier Krahe y Andy Chango como 'Snob'. Como la canción no terminaba de salir y seguiamos probando las distintas ginebras de un catálogo tan amplio como los de telas para sofás y tresillos, nos inventamos la letra de principio a fin: en una versión más "infame" que "snob" de una de nuestras canciones favoritas del último disco de Andy Chango, donde interpreta a Boris Vian pero en su propio pianocóctel -como puede verse en la portada del disco (arriba)-.

SNOB

Snob, snob,
soy absolutamente snob.
No es nada fácil ser así,
de Nueva York a Chamberí,
si voy con Layla por ahí
todos me miran a mí.
Snob, “supersnob”,
mis amigos también…
Somos snobs y “superbien”.

Mechero “Dupont”, chaleco cruzado,
corbata “Channel” y el traje arrugado.
Al dedo un rubí, al dedo del pie,
de negro las uñas y abrigo de piel de vicuña.
En la filmoteca películas suecas,
y luego al garito para beber hasta el infinito.
El hígado aguanta, ya a nadie le pasa,
mi úlcera al fin no es tan banal y es más chic.

Snob, snob,
mi nombre es Manuel, me dicen Bob.
Cada mañana equitación
porque el estiércol da emoción,
Me acuesto con marquesas,
“top models” y vampiresas.
Snob, “supersnob”,
y cuando hablo de amor
ya me bajé el pantalón.

Solemos reunirnos los buenos amigos
todos los domingos con gran snobismo.
Nos sobra la coca, ya nadie la toca,
es el guacamole lo que realmente nos pone.
Mi humilde morada es tan elegante
y en la chimenea quemamos diamantes.
La “tele” de plasma la puse de espaldas,
me siento genial viendo la parte de atrás.

Snob, snob,
soy infecciosamente snob.
Tengo accidentes en “Jaguar”
un día antes de veranear,
Y estos simples detalles son
los que nos hacen snobs.
Snob, “supersnob”,
cuando esté en el cajón sé que será un “Louis Vuitton”.
Cuando esté en el cajón quiero un sudario de “Dior”.


La actitud más snob de toda la canción -a mi juicio (porque otro infame dirá que lo más divertido es aquello del "guacamole")- es la de tener la televisión en el salón de casa como un objeto aparentemente decorativo, pero no para decorar sin más, sino dada la vuelta en gesto de desprecio y superioridad para sentirse (falsamente) exaltado ante su belleza hecha únicamente de tecnología.
"J'avais la télé, mais m'ennuyait / Je l'ai r'tournée... d'l'aut côte c'est passionnant". Pongo el texto en francés porque es lo más snob que se me ocurre.

posdata: aquí podéis escuchar la canción original, y acá ver a Andy Chango interpretándola en directo en el teatro Alfil de Madrid el noviembre pasado, en el espectáculo "Je ne parle pas français" -tributo en español a Boris Vian 1959-2009-.

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Boris Vian: el arte de hacer el amor mientras se escucha a Duke Ellington

5 de mayo de 2009
Lo que faltaba: ¿Boris Vian también era peluquero?

Empecemos por el tópico y terminemos enredándolo todo al final. Boris Vian vivió tan intensamente sus apenas 39 años de vida que pudo permitirse hacer de todo. Boris Vian fue tantas cosas que pareció disfrutar de varias vidas, entre ellas la de Vernon Sullivan, el autor norteamericano de novela negra que él fingía traducir.

Si echamos un vistazo al índice de la biografía que sobre él escribió Noël Arnaud, 'Las vidas paralelas de Boris Vian' (Versal, 1990), descubriríamos algunas facetas insospechadas de este polifacético autor: un 'hombre-orquesta' que parece poder tocar todos los instrumentos, algunos de ellos a la vez. Boris Vian fue novelista, pero también escribió poesía, obras de teatro, crónicas para la revista 'Les temps modernes', tradujo y dio conferencias, era ingeniero (con algunos inventos de su autoría), tuvo sus más y sus menos con el mundo del cine (entre otras cosas, figurante, guionista… y una muerte mítica en la sala de cine), fue patafísico y músico, muy buen compositor de canciones y hasta de un ballet, trompetista y un largo etcétera del que es difícil otear el final. La simple enumeración de sus oficios, diversiones e intereses podría ser suficiente para completar el resto del artículo, pero hoy le sumaremos otra más a las ya de por sí múltiples vidas de Boris Vian: la de erotómano.

Boris Vian: un guarro genial

'Escritos pornográficos' (Rey Lear, 2008) nos demuestra que Boris Vian era tan buen conocedor de la literatura erótica como lascivo practicante de sus húmedos principios: el libro contiene una conferencia sobre el tema, 'Utilidad de una literatura erótica', y una serie de poemas que desbordan imaginación y lascivia: un amante escribe con esperma el nombre de su amada por todos los rincones; un poema dedicado a la resistencia de la piel del glande y a la enorme variedad de vaginas que pueden encontrarse en el 'mercado de la carne'; una joven nos cuenta su encuentro sexual con un hermoso y verde pepino que le rogó no lo pelara, cortara y sazonara, sino que diera de él otro mejor uso...y así, hasta que con ganas de más, terminamos de leer el libro.

"Macho, hembra, asno o calabaza.
Esta noche daré por culo a todo."

Algunos dirán que el señor Boris Vian es un guarro empedernido, e inevitablemente nuestras madres pensarán que los obsesos somos nosotros, pero quien conozca parte de la extensa obra del francés encontrará un mismo espíritu en estos escritos: la imperante necesidad de aprovechar y disfrutar cada instante, de agotar la vida antes de que esta acabe con nosotros. Porque Vian justifica estos temas literarios, la sexualidad y sus manifestaciones, en cuanto que la buena literatura erótica es para él la forma actual del movimiento revolucionario. Escribir poemas eróticos no es un mero entretenimiento, sino la manifestación de una necesidad por trascender ciertos límites, impuestos en forma de moral o leyes y que son perjudiciales para el desarrollo normal del hombre.

"Leer libros eróticos, darlos a conocer y escribirlos es preparar el mundo del mañana y abrir la senda de la verdadera revolución"

Pero la mala literatura erótica o el pseudoerotismo es tan perjudicial para estos fines como la prohibición de la misma. Las obras del marqués de Sade, por ejemplo, no sólo no le parecen eróticas, carentes de esa obscenidad ligeramente sublimada que exige el erotismo, sino que es mala literatura, y su prohibición legal podría justificarse por razones literarias y no morales. Sí, en cambio, algunos libros de Apollinaire, Paul Verlaine, Colette, Pierre Louys, y —agárrense los machos—: ¡Ernest Hemingway!

Su poema 'No quisiera morir' , que consiste en una larga enumeración con todo lo que debería hacer antes de despedirse para el otro barrio, o afirmaciones como la siguiente, extraída del preámbulo a su novela 'La espuma de los días', ejemplifican lo dicho y nos obligan a darle la razón:

"Sólo dos cosas son importantes: el amor, en todas sus formas, con chicas
bonitas, y la música de Nueva Orleáns o de Duke Ellington. El resto debería
desaparecer, pues el resto es feo [...]"

La pasión de Boris Vian por la música jazz le habría hecho recibir la publicación de las memorias de uno de los más grandes músicos y compositores del siglo XX con nuestra misma alegría: nada tan bueno, estando vestido o desnudo, como la música de Edward Kennedy 'Duke' Ellington.

Boris Vian: amante de la buena música

'La música es mi amante' (Global Rhythm, 2009) está repleto de anécdotas y de los nombres de los jazzmen más importantes (y de muchos otros que nosotros desconocíamos hasta ahora). Estas memorias no sólo tienen el interés del personaje y de su vida, sino una virtud poco frecuente en los genios: el agradecimiento. Su peculiar 'ajuste de cuentas' es el de quien se reconoce en deuda con toda la gente que a lo largo de la vida le ha indicado el camino a seguir para poder obtener lo que buscaba. Su música se alimentó de los sonidos e ideas de la gente con la que tuvo la suerte de tropezarse. Aunque, por desgracia, el hecho de encontrarse en el momento y lugar oportunos con la gente adecuada es una idea que se repite demasiadas veces a lo largo de las memorias, y que junto a otras repeticiones lastran un poco la lectura.

A pesar de todo, los baremos para poder medir la importancia de unas memorias han de ser distintos a los de una novela, y las citadas repeticiones que serían imperdonables en una novela, aquí se olvidan rápidamente por lo apasionante de la vida que Duke Ellington se empeña en recuperar: el ambiente de los locales nocturnos de Harlem, su propia exploración de las posibilidades de la música, los intercambios con otros músicos y las juergas que se corrían juntos. Si quieren saber cómo llegaron al mundo algunos de sus maravillosos temas —'In a sentimental mood', 'Solitude', 'Mood Indigo', 'Black and Tan Fantasy'...— no dejen de leer estas memorias.

Bises: Global Rhythm publicará en los siguientes meses otras dos biografías, una de Charlie Parker y otra de John Coltrane. Y quizá, el día menos pensado, nos sorprendan con una sobre la faceta musical de Boris Vian.

Publicado en soitu.es (3-5-09)


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No te fíes de las recomendaciones de una máquina

6 de marzo de 2009
Siempre hay libros para desechar (foto: volante en flickr)

Primero, cabe aclarar que los Tipos Infames no leemos todo lo que cae en nuestras manos. No podríamos. Pero el caso es que tampoco queremos: un buen lector no sólo se distingue por los libros que lee, sino también, y sobre todo, por aquellos que deja de lado. El caso es que, sin saber muy bien los motivos, la semana pasada leímos los informes sobre la lectura en España preparados y publicados por la Federación de Gremios de Editores en España. Pero que nadie se asuste y se lleve la mano al corazón en gesto de aflicción o pena al pensar que su (tediosa) lectura será nuestra recomendación de hoy: sólo haremos un resumen.

Este 'barómetro' sobre los hábitos de lectura y compra de libros de los 16.000 individuos a los que se preguntó, dice que leemos 50 minutos al día y una media de 8’7 libros al año. Pero como toda buena novela de terror, al final del informe encontramos una puerta chirriante con un dato escalofriante en su interior: los libros más leídos en el tercer trimestre del año pasado en España fueron 'Los pilares de la tierra' de Ken Follet y 'La catedral del mar' de Ildefonso Falcones. Les siguen 'Un mundo sin fin', 'La sombra del viento', 'El niño del pijama de rayas'... y yo ya no me siento capaz de seguir. Quien tenga algo más de interés sociológico (no literario) puede descargarse el informe al que nos referimos aquí.

Con el bajón producido por el conocimiento de estos datos y sin poder apartar de nosotros la imagen de un Ken Follet enajenado corriendo por la nave central de alguna catedral gótica, decidimos por mayoría absoluta (2 votos a favor y 1 abstención) ahogar nuestras penas y disgustos en un buen libro. Fue entonces cuando nos animamos a probar uno de los juguetes descubiertos en internet: una herramienta llamada gnooks, cuya intención es la de recomendar autores desconocidos a los lectores mediante la combinación de otros autores ya leídos. Su funcionamiento es muy sencillo y ya se había inventado, se trata de un librero pero en la red: uno teclea los nombres de tres de sus autores favoritos y enseguida el sistema le recomienda un cuarto. Nos pasamos gran parte de la tarde jugando con este cacharro, divirtiéndonos y sin darnos cuenta de que el tiempo seguía pasando. A veces resulta obvio (¿es necesario recomendar a Thomas Mann?), otras tantas absolutamente desconocido, lo que es de agradecer, pero en muchos casos la 'máquina' desconoce los nombres de los escritores en español y termina recomendando a Javier Marías o a Pérez Reverte. Cuando este último apareció por la combinación de Bohumil Hrabal, Boris Vian y Roberto Bolaño, decidimos que necesitábamos un librero, pero de verdad, y nos fuimos a buscar uno.

Llegamos a la librería en cuestión y decidimos probar con esos mismos novelistas: Hrabal, Vian y Bolaño. Le aclaramos a la librera (muy guapa, por cierto) que no queríamos nada que fuera exactamente igual, ningún fiel y aburrido continuador de la obra de otro, sino que esos tres autores (aunque podían haber sido otros) nos gustaban y queríamos algo nuevo. Paseando por la librería descubrimos dos libros de los autores citados y nos hicimos con ellos: 'Escritos pornográficos' de Boris Vian, editado por Rey Lear a finales del año pasado (del que si podemos hablaremos en otra ocasión), y un libro de cuentos de Hrabal cuyo título llamó enseguida nuestra atención, 'Anuncio una casa donde ya no quiero vivir'. Pero lo más importante fueron las dos estupendas recomendaciones que nos hizo y que hoy nos toca presentar a nosotros.

Vida y pensamientos de un oficinista

Jean de la Ville de Mirmont, 'Los domingos de Jean Dézert' (Impedimenta, 2009)

De un editor con gusto y de un librero que conoce lo que vende, esperamos la proposición indecente de un autor desconocido cuyo libro, una vez terminado, se convierta en imprescindible, un lugar al que desear volver.

Jean de la Ville de Mirmont, a pesar de haber escrito algún poemario, será recordado por esta novela, que ha sabido llegar hasta hoy, aunque de forma muy silenciosa, por la absoluta modernidad del personaje y a pesar de los avatares biográficos del autor. Logró publicar 'Los domingos de Jean Dézert' meses antes de alistarse en el ejército francés y de morir por el estallido de un obús al inicio de la Primera Guerra Mundial.

Inspirándose en su propia experiencia como funcionario, creó la entrañable figura del oficinista Jean Dézert. Un hombre anónimo en medio del ajetreo de la ciudad, encerrado por sus días de trabajo, que se dedica a esperar, paciente y resignado, a que se sucedan los acontecimientos a su alrededor. Espera, como nos pasa a todos, que llegue el domingo, su único día libre. "El domingo es la vida entera para Jean Dézert". Aprovecha entonces para dejarse llevar por los bulevares y para poder hacer aquello que le proponían los anuncios en octavillas. La monotonía de sus días se verá alterada cuando conozca a Elvira. "Pero ¡qué guía para mi aburrimiento, el balanceo de esas caderas de mujer!".

Dézert merece un destacado lugar al lado de los imprescindibles y aburridos oficinistas de la historia de la literatura: el conocido escribiente Bartleby del cuento de Melville, de quien parece descender de forma directa, o Bernardo Soares, ayudante de tenedor de libros en la ciudad de Lisboa, semi-heterónimo de Pessoa y 'autor' del 'Libro del desasosiego'. Estos trabajadores de la monotonía, la repetición y los libros de cuentas parecen confirmar que la vida moderna está vacía y hay que saber encontrar la mejor forma de enfrentarse a ella: la de Jean Dézert es una de las muchas posibilidades.

Robertson Davies: todo un señor...un genio!

Robertson Davies, 'Lo que arraiga en el hueso' (Libros del Asteroide, 2009)

Quienes hemos leído alguna novela de Robertson Davies esperamos con impaciencia la publicación de la siguiente novela que continúa la trilogía en cuestión. Por eso, aunque no compartamos del todo la pasión desatada por la serie 'Millenium' de Stieg Larsson, comprendemos la necesidad de sus seguidores.

El aspecto de este canadiense (1913-1995) cumple las principales características, barba blanca y poblada, traje elegante y algo pasado de moda, de mi estereotipo de mago ilusionista de la primera mitad del XX. Y no es baladí hablar en este caso de su apariencia, porque Robertson Davies tiene la capacidad al escribir de atraernos irremediablemente de principio a fin, tenernos como buen prestidigitador pendientes de sus virtudes mientras logra ocultar las 'trampas' de narrador.

De la Trilogía de Cornish, aún sin haber leído 'Ángeles rebeldes' (Libros del Asteroide, 2008), hemos empezado, siguiendo la recomendación de nuestra librera, por 'Lo que arraiga en el hueso', segunda parte de un todo más amplio, pero que puede leerse y disfrutarse también como una novela independiente. Todo el ingenio y encanto de Robertson Davies se dedican aquí a desentrañar los secretos de la vida y del alma de Francis Cornish, un rico mecenas y coleccionista de arte con poca buena fama. Las pasiones y las intrigas del mundo del arte también pueden dar para mucho.

Seguramente sea su mejor novela. De nuevo, como cuando le descubrimos leyendo 'El quinto en discordia', nos hemos vuelto a preguntar: ¿cuál es su secreto? ¿Qué tiene Robertson Davies para que sea imposible dejarle de leer?

Su arte de la ficción parece resumirla él mismo de la siguiente manera: "Un escritor de verdad desciende de los contadores de historias medievales que solían ir a la plaza de las ciudades, extender una alfombrilla en el suelo, sentarse sobre ella, golpear un cuenco y decir: 'Si me das una moneda de cobre, te daré un cuento de oro'. Si el narrador era bueno, reunía a un pequeño grupo de personas a quienes contaba una historia hasta que llegaba al punto más interesante; entonces, se detenía y pasaba de nuevo el cuenco. Así se ganaba la vida; si no conseguía retener a su público, debía dedicarse a otra cosa. Eso debe hacer un escritor".

Publicado en soitu.es (4-3-09)


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Los amigos de Boris Vian (y el cine)

16 de enero de 2009
Una declaración de amigo

Nos estamos preparando para otro evento: este año se cumplen los 50 años de la muerte de Boris Vian y deberíamos celebrarlo con las dos cosas importantes que hay en la vida (según el propio autor en el preámbulo de "La espuma de los días"), "el amor, en todas sus formas, con chicas bonitas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington." Todo acompañado, por deseo expreso de sus amigos (declarados), de combinados alcohólicos aún desconocidos, preparados y mezclados en el gran invento del pianocóctel.

Hace unos días logré hacerme con un ejemplar de "Calle de las arrebatadoras", el libro editado por Icaria en 1992 donde se recopilan 18 guiones cinematográficos escritos por Boris Vian, a quien, constantemente curioso, parece que nada le fue ajeno, salvo la ignorancia y la vagancia (novelista, poeta, inventor, ingeniero, músico, compositor y cantante, me dicen que también actor, crítico de jazz, sátrapa patafísico y algo que seguramente esté olvidando)

Su relación con el cine es algo que tendré que desentrañar con la lectura de estos guiones y con las dos biografías que he podido encontrar sobre él ("Las vidas paralelas de Boris Vian" de Noël Arnaud; "Boris Vian" de Jean Clouzet). El último de los guiones incluido en "Calle de las arrebatadoras" es el que él mismo escribió a partir de su novela "Escupiré sobre vuestras tumbas", cuya adaptación cinematográfica no sólo le suposo los inevitables quebraderos de cabeza, sino la muerte en la butaca del cine durante uno de los estrenos de la película en cuestión. Porque tras constantes desavenencias con los productores del filme, Boris Vian fue despedido del proyecto y tuvo que acudir de incógnito al estreno de la película. Cuentan que antes de desplomarse en la butaca por un paro cardíaco dijo sus últimas palabras: "¿Se supone que estos tíos son americanos? Venga ya!".

Leo en ADN.es una noticia de Javier Pulido referente a su relación con el mundo del cine y a los intentos (fracasados) por adaptar sus novelas:

[...] A Vian le faltó tiempo para adaptar su propia obra, que hasta la fecha apenas ha conocido traslación cinematográfica. Pese a que novelas como El otoño
en Pekín, La hierba roja o La espuma de los días alcanzaron el éxito después de
su muerte, su imaginería surrealista, su lenguaje metaliterario y sus continuos cambios de trama no sólo han desanimado a directores y productores, sino que han provocado incluso que parte de la obra de Vian sea ignorada en lengua
inglesa.
La espuma de los días es quizá la obra más conocida de Vian. Es una historia de amor loco y terminal recorrida por las obsesiones del autor (su rechazo a la cultura del mito o sus críticas a la religión y la autoridad) cuya adaptación desesperó a un novato Charles Belmont en 1968. "Era muy difícil adaptar a Boris Vian. Yo todavía no había filmado nada.
"Entonces vino un productor y quería que hiciera esta película, a lo cual le contesté que no, que creía era inadaptable".En 2001 el japonés Gô Rijû lo volvió a intentar con Chloe (así se llamaba la pieza de pantanoso jazz de Duke Ellington que inspiró La espuma de los días), centrándose en la dolencia que sufre una de las protagonistas de la obra, en cuyos pulmones se ha introducido un nenúfar. Por desgracia, los ágiles, brillantes y surrealistas diálogos de la novela, plagada de referencias al jazz y al ambiente cultural de la época, quedan sepultadas por un narcisismo estético y a la postre vacío.
El director francés Pierre Kast, uno de los fundadores de Cahiers du Cinema llamó
a su amigo Boris Vian (en el papel de...Boris) para Le Bêl age (1959).
Paradójicamente, en 1985 Kast encontró la muerte mientras rodaba una versión
para la televisión de otra de las novelas más populares de Vian, La hierba roja.

Tras el fiasco de la primera versión de Escupiré sobre vuestras tumbas, casi ningún otro cineasta se ha atrevido a intentar adaptar las novelas negras de Vian, escritas bajo el seudónimo de Vernon Sullivan, en las que parodiaba/homenajeaba a grandes maestros del género como Raymond Chandler. Lo intentó en 1971 Ferdi Merter con Ipini boyunda bil, en una imposible versión.
Tampoco los relatos cortos del francés han sido llevados a la gran pantalla con frecuencia, a pesar de sus posibilidades narrativas. La excepción es Lobo hombre, que ha sido adaptado en dos ocasiones: Mona, les chiens, le désir et la mort y À feu, un corto mudo de animación.
Sin nuevos proyectos a la vista para adaptar al irrepetible Boris Vian, sólo queda salivar pensando en lo que pasaría si una de sus obras cayera en manos de creadores de universos tan personales y surrealistas como Michel Gondry y Terry Gilliam. O eso, o admitir de una vez que Boris Vian es inadaptable y limitarse a rodar una película en la que se cuenten las razones, como hizo Michael Winterbotton con Tristam Shandy: A cock and bull story (2007).


Ya avisaremos de la obligada celebración: amor, música y pianocóctel!

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Los libros meten tripa

10 de septiembre de 2008
Las estrecheces del mundo literario

Para tratar de llamar nuestra atención entre tanta acumulación de novedades editoriales (ahora en septiembre llega otra rentrée con algún que otro título interesante) los libros también cuidan su apariencia y se «arreglan» en lo posible para su «presentación en sociedad».

Estaremos de acuerdo en que lo más importante de cada libro se encuentra tras sus primeras páginas en blanco y el prólogo (si lo tuviera), y también en que el interés de algunos termina –por desgracia- ahí mismo. Pero el cuidado y diseño editorial puede ayudar a despertar nuestra curiosidad por determinados libros. El mismo diseño de la portada es una posibilidad para hacerse destacar. Desde la elegante sencillez de Periférica, la originalidad «desplegable» de Cabaret Voltaire o las hermosas ilustraciones que en ocasiones Lumen utiliza para sus portadas…La variedad en la actualidad es muy amplia.

Pero hoy nos detenemos en algunas "fajas editoriales" que nos han parecido curiosas –aunque por distintos motivos-. Las "fajas" son aquellas cintas de papel en que suele resaltarse las sucesivas ediciones que lleva el libro en cuestión y los comentarios laudatorios de algunos críticos o escritores de renombre, con el obvio fin de captar la atención de posibles lectores. Suelen despertar suspicacias por lo, en ocasiones, extralimitado de sus halagos. Aunque quién puede decir que nunca se ha dejado engatusar: estas fajas hacen más esbelta la cintura y destacan el busto, embelesándonos con sus sinuosas curvas literarias que en la mayoría de los casos no son sino relleno.

La primera faja es un ejemplo del que cada vez podemos encontrar más casos, aunque nunca tan descarados como éste. Un mes después de que saliera al mercado 'El Juego del ángel' de Zafón, la misma editorial, Planeta, editaba en su cuidada colección Backlist (muy recomendable, por cierto) 'Grandes Esperanzas' de Charles Dickens, acompañada de una de estas fajas en que aludía a la aparición de este libro dentro de la trama del actual superventas español. Yo me preguntaba si el caso de Dickens podía asemejarse al de cualquier autor casi desconocido que necesita un pequeño empujón editorial o una reseña elogiosa en cualquier medio informativo, pero una amiga me dio entonces la solución: si yo nunca hubiera leído a Dickens este sería un motivo perfecto para no hacerlo jamás.

¿razones para no leer a Dickens?

La segunda faja anunciaba una supuesta gran sorpresa que no era tal. Me explico: muchas editoriales recurren (con ánimo de lucro) a la publicación de libros con el atrayente de que sea un personaje público quien firme en la portada. Que lo haya escrito o no y habituales sospechas por el estilo a mí no me importan. Las editoriales de no muy preclaras intenciones literarias buscan el tirón de estos personajes y ponen –claro- la foto del susodicho, no vaya a pensar la gente que se trata de un novelista con el mismo nombre del presentador y pasen de largo.

Pero en este caso, la sorpresa que anunciaba la faja que envolvía la primera novela de Javier Sardá, 'Eros, Thanatos y su puta madre', no puede sorprender a tantos. Primero porque hoy en día parece que esta gente desea tanto escribir una novela como hacer un «cameo» en alguna película, pero también porque la publicación de este libro en el 2008 ya fue anunciado por Enrique Vila-Matas en un artículo del 2002 sobre Literatura y Mercado: «Para entendernos: si quieres vender un libro no digas que estás en la línea de un Musil, un Walter Benjamín o un Claudio Magris. Si quieres vender, toma el aspecto normal de un Sardá (si éste fuera escritor, pronto lo será) o de una ganadora del Planeta que escribe como si Madame Bovary y siglo y medio de sutiles proezas literarias no hubieran existido nunca.» Quien no crea en estas terroríficas propuestas editoriales que se pregunte a qué se debe la sucesiva reedición (tercera o cuarta) del libro de Risto Mejide.

¿empaparse de autores centroeuropeos

concede poderes paranormales?

También hay quien parece creer que algunos no leemos determinados libros porque nos acobardan o sencillamente porque «no tenemos lo que hay que tener». Arturo Pérez –Reverte suele recurrir a ensalzar la «hombría» de determinadas lecturas. Su reseña sobre 'Polvora negra' de Montero Glez terminaba diciendo «Y ahora vayan y léanlo, si es que tienen huevos»; exhortación a la que nos vimos obligados a hacer caso para que nadie dudara de nuestra capacidad: el libro no nos gustó, pero así nadie nos llamará cobardes. En la última recomendación suya que hemos encontrado destaca la verdad sobre la realidad vasca que contienen los cuentos recogidos en 'Los peces de la amargura' de Fernando Aramburu (un grandísimo autor no tan reconocido como debiera), pero no es sólo una Verdad en mayúscula y valiente, sino –como él mismo dice- "La que nunca hay cojones para expresar en voz alta". A mí, en particular, no me gusta esta crítica de casquería, pero si en algún caso funciona y alguien termina abriendo un libro de Aramburu siempre será bien recibida.

por mis cojones!!

Todas estas fajas responden a una misma intención y similar modelo, por eso queremos destacar la originalidad de las del escritor y músico Boris Vian (1920-1959). Cuentan que él mismo diseñaba las fajas de sus libros, pero escribía en ellas mensajes tan sorprendentes y tan alejados de la intención comercial como este: "No dejar al sol". Desde que descubrí esta extravagancia pienso a cuál de las novelas de Boris Vian le sentaría mejor tal recomendación: No dejar al sol.

Publicado en soitu.es (09-09-2008)


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