Libros intermitentes: haz tu propia "lista de reproducción"

28 de septiembre de 2008
una de las tantas pilas de libros

Hace unos días, mientras ojeaba cierta novela, antes de prestarla, encontré un párrafo que había subrayado y que al leer descubrí que encajaba perfectamente como encabezamiento de aquello que estaba escribiendo.

A veces es suficiente con abrir un libro para ver cómo cae una foto que creíamos perdida o para sorprendernos por la casualidad de leer aquello que no estábamos buscando ahí.

Ese libro (que presté) forma parte de aquellos que una vez leídos, subrayados, anotados o señalados de cualquier forma, siempre tenemos cerca para poder volver a ellos: abrirlo al azar y leer apenas un fragmento, o de forma discontinua como si fuera una 'lista de reproducción' de canciones (en tu ordenador), empezando por la página 143, saltar sin motivo a la 381 para volver después a la 317. No se trata de releer de principio a fin, sino de pasear por sus páginas de forma aleatoria en busca de consuelo, inspiración o, simplemente, para pasar el rato.

Con motivo de la reciente publicación del último libro de Enrique Vila-Matas, 'Dietario voluble' (Anagrama), y el aniversario —también en este mes de septiembre— del nacimiento de Cesare Pavese, autor de 'El oficio de vivir', hablamos de este tipo particular de libros de lectura intermitente, entre los que incluimos estos dos últimos.

Una aclaración antes: no se trata de un listado de nuestros libros favoritos, sino algunos a los que volvemos una y otra vez para leer algún capítulo. Esta es la 'lista de reproducción' que hemos preparado:


* Enrique Vila-Matas, 'Dietario voluble' (Anagrama)
Quienes disfrutábamos cada vez más con sus ensayos breves sobre los más diversos temas (la escritura y los escritores, pero también la ciudad de Barcelona o el avance imparable de la estupidez…) hemos encontrado en esta última entrega del líder y fundador de la 'conspiración shandy' uno de, a nuestro parecer, sus mejores libros.

* Lichtenberg, 'Aforismos' (Edhasa)
Los cuadernos borradores de este científico alemán son toda una constelación de ocurrencias dispares: reflexiones brillantes, observaciones certeras o circunstanciales, llega incluso a anotar sueños y algunas frases sin sentido aparente. Su obra , escrita para sí mismo y no ser publicada, queda como un lugar incómodo en el siglo XVIII, porque critica principios comunes a los ilustrados (como los excesos de la Razón), o se anticipa a la exploración del inconsciente surrealista. De hecho, el general de las filas surrealistas, André Breton, le incluyó en su 'Antología del Humor negro'.

* Remy de Gourmont, 'Pasos en la arena' (Periférica)
La palabra y el don para usarla pueden humillar y hacer reír con la misma facilidad, aunque nunca a las mismas personas. Desde su escritorio Remy de Gourmont fue profundo y extremadamente ingenioso en todas sus opiniones: una sentencia breve puede herir el costado y el orgullo de quien opina lo contrario. La propuesta editorial de Periférica nos descubrió más sorpresas en su creciente 'Biblioteca Portátil': los libros de 'aforismos' de Antoine de Rivarol y de Joseph Joubert .

* Julio Cortázar, 'Rayuela' (Alfaguara)
A Rayuela siempre se puede volver porque en todo momento reconforta y sorprende, como un sombrero (de mago) del que no dejan de aparecer los objetos más curiosos y aquellos que hace tiempo llevábamos guardados en los bolsillos y creíamos perdidos. Un libro abierto en muchísimas direcciones que una vez leído es perfecto para (re)leer sin ningún orden ni 'tablero de dirección'. A quienes me conozcan: perdón por volver a hablar de Cortázar.

* Cesare Pavese, 'El oficio de vivir' (Seix Barral)
A veces busco en su diario (escrito entre 1935 y 1950) la anotación que corresponda con el día en que abro el libro. Siempre escucho a Pavese hablar consigo mismo: dándole vueltas a la posibilidad del suicidio o defendiendo el simbolismo contra las vanguardias. Me gusta que desconfíe de la ciencia, las reflexiones sobre su condición de poeta, y que siempre termine volviendo a los temas del destino y el libre albedrío del individuo en este mundo que, siento en ocasiones como él, "es un asco".

* W. G. Sebald , Austerlitz (Anagrama)
Podríamos decir que uno de los Infames es adicto a subrayar y releer la novela. Terminó contagiándonos a los demás, viendo la facilidad con que esta profunda narración sobre la identidad y la patria le servía para encontrar la frase adecuada en las situaciones más diversas. ¿Quién es el extranjero que toma notas y hace dibujos en la estación de Amberes?; ¿quién soy y cuál es mi hogar?, se pregunta el propio extranjero (Austerlitz) después de conocer su verdadero nombre y origen.

* Andy Warhol, 'Mi filosofía de A a B y de B a A' (Tusquets)
Warhol habla de los asuntos más peregrinos con quien quiera escucharle. Desde la conversación telefónica mientras come mermeladas de distintos sabores hasta las reflexiones sobre la compra de ropa interior en grandes almacenes, nada en este libro tiene desperdicio. El personaje construido por Warhol de sí mismo sentencia entre lo banal y lo genial, sobre la fama, el dinero o sobre 'cómo quitarse el estrés con una aspiradora' (¿?) Para quien le tome en serio o quien decida que todo es una broma, le espera un final sorprendente: "-¿Y qué?"

* Pedro Salinas, 'Cartas a Katherine Whitmore' (Tusquets)
Nuestra concepción del amor depende en gran parte de las palabras que lo han nombrado y que nosotros hemos leído. Es curioso cómo nuestros sentimientos adquieren forma definitiva en las palabras de otros. Salinas es en parte 'culpable' de muchas de las cartas que alguna vez he tratado de escribir, y yo de haberle 'plagiado' en alguna que otra ocasión.

* Fernando Pessoa, 'Libro del desasosiego' (Acantilado)
Estas anotaciones escritas por Bernardo Soares, 'tenedor de libros en la ciudad de Lisboa' y semi-heterónimo del desdoblado Pessoa, pueden destrozar el ánimo de cualquiera. Completamente solo, entre su oficina y la habitación en que duerme, paseando por las calles de la ciudad mientras los comercios lisboetas aún no han abierto, la vida es un sueño y un absurdo. La tan traída e imposible de definir 'saudade' inunda este libro fragmentario y siempre desordenado.

Esta es tan sólo una posible lista de reproducción al abrir al azar algunos de los libros de nuestra biblioteca, como si hubiéramos pasado la noche en un lupanar cambiando constantemente de habitación.

Quien quiera puede imaginar su propio itinerario por las páginas subrayadas de sus libros favoritos.

Posdata: una última aclaración: la novela de la que hablamos al principio es 'El libro flotante de Caytran Dölphin' de Leonardo Valencia (Funambulista), por si a alguien puede interesar. Pero mentí, porque de aquello no hace unos cuantos días sino varios meses, pero estimé que era un buen inicio para este artículo y para —de paso— recordarle a mi amigo que sigo esperando que me devuelva el libro que le presté.

Publicado en soitu.es (23-09-2008)

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¡Muera yo y viva mi fama!

24 de septiembre de 2008

¿Habré apagado el gas?

Suicidio y literatura. Muchos son los que se han ocupado de "los grandes impacientes" como los definió el escritor austriaco Stefan Zweig (los últimos, los amigos de 'Vacaciones en Polonia'). Una deserción que ha sido motivo de inspiración para libros maravillosos como la 'Agencia general del suicidio' de Jacques Rigaud o para grupos como la entente conocida como Suicide.

Es difícil hablar de este tema sin generar algún tipo de debate entre los partidarios del derecho a la muerte y los que estigmatizan a éstos como heréticos asesinos. Estas discusiones por lo general basculan entre el discurso simplista de algunas asociaciones pro-vida y algo como muy sesudo e intelectual a lo Durkheim o a lo Camus. Por eso se agradece el tono desenfadado que emplea Jean Teulé en 'La tienda de los suicidas' (Bruguera), una obra ligera pero repleta de humor negro y que se devora fácilmente en un par de bocados.

Las familias disfuncionales han dado mucho juego en el mundo de la literatura (sin ir más lejos la semana pasada les hablábamos de la saga de los formidables Kalandrian). En esta ocasión les queremos proponer un nuevo y original ejemplo con los Tuvache: una familia que ha venido ocupándose durante generaciones de facilitar el suicidio a todos aquellos que se acercan hasta su comercio, conocido como "La tienda de los suicidas". Para ello ponen a disposición de la clientela todo tipo de artilugios y brebajes que ayuden al cliente a abandonar este valle de lágrimas: estricnina (veneno que da nombre al dardo sónico que más ha hecho saltar a quien esto escribe), dagas para practicarse un harakiri, amanitas phalloides, sogas artesanales... todo aquello que sirva para cumplir con el lema del establecimiento: "¿Su vida ha sido un fracaso? Con nosotros su muerte será un éxito".

Sin embargo, como en toda familia, hay una oveja descarriada. Y ésa es Alan, el pequeño de la familia Tavuche, un alegre y risueño mozalbete que se empeña en ver siempre el aspecto positivo de la vida por muchos telediarios que sus escépticos progenitores le hagan tragar. Y mientras que sus hermanos Vincent —un atormentado esteta del suicidio— y Marilyn —femme fatale que suministra la muerte a través de sus labios— continúan la tradición familiar del "ars morendi", los padres no dejan de preguntarse qué pudo fallar para que el pequeño Alan haya desarrollado ese inquebrantable optimismo que poco a poco transformará a todos los que le rodean.

'La tienda de los suicidas' logra momentos ciertamente hilarantes, muy deudores en cierta medida del humor negro (y pelín cafre) de los años treinta como diría un amigo de los Infames. Es verdad que este librito podría dar vuelo a Tim Burton para crear una nueva familia Adams, sin embargo, el libro se agota en su misma idea inicial, pues más allá de lo original e irreverente del argumento, hay poco que contar. O sí lo hay, pero Teulé no ha sabido hacerlo.


No señores, esto no es un bukkake


La reciente muerte de David Foster Wallace y el centenario de Cesare Pavese han vuelto a poner sobre la mesa (de autopsia) la relación existente entre suicidio y literatura. De algunos casos ya nos ocupamos con anterioridad (René Crevel, Arthur Cravan y Adalbert Stifter... ), pero la lista de escritores a los que la vida se les hizo penosa podría ser extenuante y daría que pensar: Woolf, Hemingway, Levi, Brautigan, Zweig... Aquí van algunos nombres más que puede encontrar en la mesa de novedades:

Cesare Pavese: "No más palabras. Sólo un gesto. No volveré a escribir" dejó escrito dos días antes de su muerte. Sin embargo, el italiano volvería a tomar la pluma para escribir en una nota final: "A todos perdono y a todos pido perdón. No murmuren mucho". Tras lo cual ingirió el contenido de dieciséis botes de barbitúricos. La editorial Lumen acaba de lanzar una nueva edición de 'Entre mujeres solas' y 'La literatura norteamericana y otros ensayos' para celebrar la efeméride.

Sándor Márai: Persona non grata a las autoridades comunistas, se exilió en California, donde perdió a su mujer y las ganas de vivir. Puso fin a su vida de un disparo. Poco tiempo después se convirtió en un fenómeno de ventas. La editorial Salamandra sigue empeñada en que disfrutemos la obra de este escritor húngaro. 'La extraña', su último libro aparecido en nuestro país, es una maravillosa novela sobre la insatisfacción y la búsqueda del amor. Si le gusta Thomas Mann éste es su libro.

Marina Tsvetáieva: Se ahorcó con la cuerda con la que ataba su maleta de exiliada (bueno, esto mejor que se lo cuente otro). 'En el país del alma' (La Poesía, señor Hidalgo) es una serie de emocionantes cartas a familiares y amigos entre los que se cuentan nombres como los de Anna Ajmátova o Boris Pasternak. Hiperión ha lanzado una maravillosa 'Antología poética' que nos descubre a una de las mejores poetas rusas del siglo pasado.

Mário de Sá-Carneiro: Un hotel en París y cinco frascos de arseniato de estricnina. La eterna saudade hizo el resto. 'La confesión de Lucio' (Menoscuarto) es un libro seminal en la literatura portuguesa: bohemia, personajes atormentados y sexualidad bizarra a mansalva. Si Pessoa lo admiraba profundamente ¿por qué no habría de hacerlo usted?

Publicado en soitu.es (21-09-2008)

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