Larga vida a las tabernas... si la ley lo permite

29 de junio de 2009
La portada de la segunda edición (Acuarela & A. Machado)

Bares, tascas, bistrós, cafés… han sido desde el siglo XIX un elemento fundamental en la literatura. Muchas de las mejoras obras se han escrito sobre veladores de mármol, se han inspirado entre humo y vino o se han discutido entre la calidez de grandes espejos y algún que otro aprendiz literario. Espacios que con el tiempo, tiempo moderno e incomprensible, han ido quedando relegados a un segundo plano, deshabitados de personajes peculiares que son los que le otorgan su auténtica validez.

Sin embargo, perduran en lugares apartados de los viales principales de las grandes ciudades refugios que cobran vitalidad con la noche y el alcohol. Son estas guaridas las que no deberían desaparecer nunca pues otorgan a las urbes su rostro verdadero y humano. ¿Pero qué ocurriría si se esfumaran definitivamente este tipo de locales?

La respuesta es incierta pero ya en el siglo pasado Chesterton tuvo la genial-espantosa idea de formularla encubierta en una hipotética prohibición gubernamental de venta de alcohol. ¿Cómo actuaríamos si no pudiésemos acudir a nuestro habitual bar para tomar una pinta? La respuesta a modo de libro fue la divertida e irónica: La taberna errante.

No niña, no soy un buzón de correos

El gordinflón y genial inglés contextualiza esta obra en la Inglaterra de principios de siglo donde una particular aristocracia parlamentaria, henchida de buenos modales e intenciones, toma al Islam como nueva fuente de moral pura y costumbres saludables. Tranquilos, no haremos símiles con la Alianza de las Civilizaciones, Barack u otros hechos futuros que sin duda modificarán el mundo, Pajín dixit.

Ante el cierre de las distintas tabernas por la obligada ley de abstinencia, dos personajes dispares, un Quijote con su correspondiente Sancho, recorren diferentes capítulos de divertidas historias al burlar la severa y estúpida ordenanza. Acompañados de un barril de ron y un gran queso a modo de fieles compañeros van de población en población con el cartel de la vieja taberna ofertando el ebrio brebaje a todo aquel que lo quiera probar. Una taberna ambulante que congrega a los diferentes parroquianos huérfanos de un techo donde poder compartir licor y compañía.

En este recorrido, lleno de sarcasmo y crítica al hipócrita comportamiento burgués que quiere a través de la censura de comportamientos generales imponer su pensamiento, es donde Chesterton destapa los "vicios" de esta élite. El arte abstracto o el vegetarianismo en boga confieren a estos nuevos dictadores civilizados un halo de guardianes de un nuevo orden mejor y más higiénico, siempre, por supuesto, por el bien común. Una especie de clase social parecida a la de Marina Castaño pero con mejores modos y mayor fondo intelectual, cosa a priori no muy difícil.

Esa mascarada de modernidad, cuando lo que realmente hay debajo es el rancio conservadurismo, queda resquebrajada a modo de carcajada en la obra reeditada por Acuarela. El alegato que realmente defiende el creador del Padre Brown va más allá de un ataque contra lo reaccionario, lo que defiende son las maneras de relacionarse, la comunicación y los recintos donde se produce esta. Algunos lo definen como sociabilidad, Chesterton con su tradicional toque hilarante lo convierte en un argumento de su obra, como siempre ácida y ocurrente.

de nuevo: la peor foto del autor que hemos encontrado

Aquellos que no hayan tenido nunca el placer de haber leído al inglés es el momento de tomarle medidas. Aunque al principio puede resultar no muy fácil (el tamaño si importa), poco a poco vamos desglosando la pícara mirada a la que nos tiene acostumbrados. En una década como la que padecemos, llena de prohibiciones (tabaco, venta de alcohol, cierre pronto de los bares…), es conveniente mantener la visión corrosiva y cargada de risas de Chesterton capaz de desternillarse de lo absurdo de determinadas leyes, imposibles de cumplir incluso por el mismo torpe legislador que las promulgó.

Publicado en soitu.es (27-6-09)


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Monseñor... ¿qué esconde bajo la sotana?

26 de enero de 2009
¡Ay Virgencita! Que me quede como estoy...

Ahora que el tiempo ha acabado por desmentir a Morrissey y el resto del mundo se apoltrona para ver cómo el primer presidente negro de Estados Unidos intenta cambiar el rumbo (torcido) de la historia, sería bueno pensar en la necesidad de abrir ventanas en otro viejo y anquilosado edificio que ya viene oliendo a rancio desde hace demasiado.

Porque seamos serios… la historia de Estados Unidos acaba de empezar como quien dice (apenas 233 años desde su fundación oficial si no nos fallan las cuentas y la wikipedia no está equivocada), pero y ¿qué ocurre con la postergada renovación de una institución que cuenta ya con casi dos mil años? Algo así es lo que plantea Luis Murillo en su novela 'La Púrpura Negra' (Vía Magna, 2008), en la que asistimos al seísmo que desataría en el seno del catolicismo un replanteamiento de sus dogmas morales y eclesiásticos más atávicos. Así, la llegada a la silla de San Pedro del cardenal Jorge Darío Mendoza, Adriano VII para esta ¿imposible? historia, supone lo mismo que la intromisión de un paquidermo en una cacharrería. El camarlengo monseñor Fontana lo resume con esta píldora: "La paloma del Espíritu Santo, después de los tiros que le hemos pegado a lo largo de la Historia, se lo debe pensar mucho a la hora de sobrevolar algunas cabezas".


El abrumador peso de la evidencia

Pero bajo las sotanas también podemos encontrar asesinos, detectives, transexuales y hasta algún que otro santo (no incompatible con los anteriores, claro!). Aquí tienen otras historias sobre bonetes, milagros y crímenes para no dormir:

'Cónclave' de Roberto Pazzi (Alfaguara, 2005). Otra vuelta de tuerca a las interioridades de la curia vaticana —uf! menuda imagen...— que tiene como fondo la elección papal. Desapariciones, asesinatos y plagas bíblicas preceden a la fumata blanca que ha de proclamar al nuevo líder espiritual de la cristiandad (como en el Bernabéu mismamente). Jamás las sandalias del pescador olieron tan mal.

'Poderes terrenales' (El Aleph, 2008), de nuestro admiradísimo Anthony Burgess. En esta ocasión el autor de la celebérrima 'La naranja mecánica' nos acerca la historia de un escritor descreído y homosexual que se ve inmiscuido en la canonización de Gregorio XVII, quien por una de esas piruetas del destino (o la providencia, vaya usted a saber...) era también su cuñado. Una obra vitriólica que su prologuista, Rodrigo Fresán, no sabe si atribuir a Dios o al Diablo. (Lee aquí el prólogo de Fresán).

'Los relatos del padre Brown' (Acantilado, 2008) recopila todas las aventuras de uno de los personajes más memorables de la historia de la literatura. Este Sherlock Holmes en sotana creado por G.K.Chesterton emplea toda su inteligencia y profundo conocimiento del ser humano en la resolución de los crímenes más inverosímiles. La edición de Acantilado es una auténtica maravilla (incluye textos nunca antes traducidos al castellano), pero también puedes asomarte a esta página y leerlos tal y como salieron de la pluma del inglés.

¿La mejor novela de Burgess?

Apostilla Infame: Como esta semana estamos celebrando el bicentenario de Edgar Allan Poe, y nos viene al hilo, no queremos dejar de poner nuestra vela en semejante tarta. Chesterton consideraba al bostoniano como el mejor autor de relatos policiales (a pesar de que Borges creía que no, que Chesterton era sin duda el más grande), dato que van a poder comprobar por ustedes mismos en el aluvión editorial que se nos viene encima con cada onomástica. Y ahora digan con nosotros 200 veces Poe, Poe, Poe...

Amén.

Publicado en soitu.es (21.01.2009)


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Una cuestión de tacto

22 de octubre de 2008
pose y atractivo en uno: Evelyn Waugh

Abrir un libro autobiográfico supone, a priori, adentrarnos en la vida de una personalidad que nos resulta sugerente o curiosa. Si este relato pivota sólo sobre la parte pública del autor, el chasco será enorme, puesto que es esta zona conocida la que menos nos interesa. Generalmente, y no lo podemos negar, buscamos en una autobiografía lo privado y oculto de la persona. Aquello que no sabemos de su vida, como comportamientos (véase las infidelidades de Victoria Ocampo ), vicios o pensamientos hirientes o anécdotas que acercan el personaje a lo que en realidad es o fue.

Esta afirmación previa no implica la necesidad de grandes escándalos, rupturas o cualquier elemento sórdido para saciar nuestra vigilante curiosidad. Para considerar decepcionante una autobiografía, basta con que no arroje luz sobre el personaje, no nos contraponga su otro yo del de los ensayos o novelas. Da igual que sea cierto o no lo que cuenta, pues cualquiera de las situaciones nos revelará algo del autor.
Dentro de este género autobiográfico suelen destacar los escritores ingleses. No queremos insinuar que sean éstos los que más tienen que ocultar o callar y que se despachan a gusto una vez toman distancia de la sociedad en la que viven. Lo que sí han demostrado con creces es que aportan gusto y tacto para saber manejarse en este difícil género en el cual han profundizado muchos de sus autores.


donde acaba la padada y empieza el genio

Entre estos escritores que narraron sus propias vivencias para otros y que supieron salir indemnes e incluso aclamados, destaca el que escribió el 'Príncipe de las paradojas'. Hablamos de Gilbert Keith Chesterton cuya 'autobiografía' fue publicada en España por Acantilado en 2003. En ella recoge a modo de síntesis, y a través de sus experiencias vividas, el sentir de una época. No es una narración de acontecimientos pasados, sino un lúcido conglomerado de un determinado momento histórico y cultural. Todos los lugares, descripciones, personajes o relatos que introduce Chesterton desvirtúan su propia autobiografía, convirtiéndola casi en una obra de ficción de las que él es su resabiado autor.

En esta obra el autor de 'El hombre que fue jueves' o de la recopilación de ensayos agrupada bajo el original nombre de 'Correr tras el propio sombrero' mantiene su habitual manejo de la paradoja, que le valió el calificativo ya mencionado, así como una aguda inteligencia para remarcar su opinión en un mundo con el que siempre mantuvo fragantes discrepancias. Escritor, y sobre todo periodista, se posicionó en contra del nihilismo, del esnobismo, de los políticos corruptos y de todo aquello que le proporcionase polémica (incluidas sus confrontaciones con George Bernard Shaw) y divertimento. Leyendo a Chesterton el lector tendrá casi la obligación de reírse, puesto que quedará descubierto ante (puesto que descubrirá) un personaje excéntrico y peculiar con una especial manera, casi única, de entender el género autobiográfico, y que ha generado la admiración de escritores como (y de la talla de) Borges, o más recientemente (aunque de menor interés), Zoe Valdés.

Otro singular personaje que también plasmó sus peripecias en una autobiografía es Evelyn Waugh (y aclaremos como hacía Scarlett Johansson en 'Lost in Translation' que '¡Evelyn Waugh es un hombre!'). Casi coetáneo a Chesterton, comparte con éste una peculiar filosofía de vida, una desternillante prosa y una conversión controvertida al catolicismo, así como una publicación autobiografía destacable, póstuma en el primer caso y muy tardía e incompleta, lamentablemente, en el de Waugh, pues este primer volumen de memorias se publicó dos años antes de su muerte, en 1964.

Autor no muy conocido para la mayoría de lectores (salvo por 'Retorno a Brideshead' de la cual se realizó una adaptación televisiva), satiriza con mordacidad y burla a la sociedad británica (las costumbres, la moral…), a la cual él, por otra parte, se jacta de pertenecer. Nosotros recomendaríamos —una buena manera de conocerle— la lectura de su primera novela, 'Decadencia y caída', el ácido retrato de la juventud dorada y del sistema educativo de su época.
En su autobiografía titulada en castellano 'Una educación incompleta' (Libros del Asteroide, 2007) nos descubre, con una estupenda prosa, sus intentos de adolescente encaminados hacía la miniatura y la caligrafía artística, tentativa que fue abandonada primero por la historia y después, afortunadamente, por la literatura.

Sus años de formación en Lacing y Oxford marcan un cambio hacía el dandismo bohemio y la sofisticación esteta que no perderá nunca. El autor de '¡Noticia bomba!' (otra recomendación) parece seguir la máxima chestertoniana de 'sin un moderado desdén por la educación ninguna formación está completa'. Quizá lo peor de esta obra de Waugh sea la falta de interés que pueden despertarnos al principio sus densas descripciones genealógicas de tías, abuelos, bisabuelos y demás parentela. Sin embargo, poco a poco, nuestra curiosidad y disfrute van creciendo hasta el periodo universitario y su posterior ejercicio profesional como docente temporal.

el dandismo y "lo british" de la mano de Waugh

El final de este primer volumen culmina, a nuestro juicio, con una evocativa narración del intento de suicidio marino. Una muestra más de la sinceridad desgarrada que acompaña, aquí algo bañada de romanticismo, este inicial y último (por desgracia) volumen autobiográfico. Tal vez, como escribió Waugh, "sólo cuando se ha perdido toda curiosidad hacia el futuro se ha alcanzado la edad de escribir una autobiografía". Muchos escritores deberían memorizar esta frase.
Otras (im)prescindibles autobiografías del siglo XX

Sabemos que cualquier selección literaria pasa por ser una cuestión personal y subjetiva. Sin embargo no podemos dejar de despedir este artículo sin citar por lo menos tres autobiografías de autores del siglo pasado.

  • En 'El mundo de ayer. Memorias de un europeo', Stefan Zweig nos da las claves —desde su exilio— para entender los cambios producidos en Europa central entre las dos guerras mundiales.
  • Elias Canetti también hace especial hincapié en la inestabilidad europea, en el primer volumen de su trilogía auotobiográfica, 'La lengua salvada', donde rememora su infancia y juventud en Viena.
  • Por último y para seguir teniendo ganas de apuntarse a este género, 'Habla memoria' del maestro Vladimir Nabokov. La honestidad política de su padre, la belleza de su madre, el conocido episodio de su exilio, sus amoríos o las divagaciones que el niño Vladimir tenía sentado en el retrete, son algunos de los relatos que configuran este magnífico libro que puede leerse perfectamente como si se tratara de una novela.

Publicado en Soitu.es el 21/10/2008


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