El hombre que hizo bailar París

3 de septiembre de 2009

los barras bravas del 68

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En ocasiones uno tiene la impresión de que el recuerdo de lo sucedido en París hace más de cuarenta años no se decide a abandonarnos (tranquilícense: éste no es otro artículo sobre mayo del 68, pueden seguir leyendo...). Lo digo por la persistencia que aquellas fechas han logrado alcanzar en el imaginario político de nuestros dirigentes. A la declaración de los testigos me limito:

Testigo 1: Hace unos días Joaquín Almunia (¿se acuerdan de él?) nos sorprendía declarando su regreso a los autores que abogan por "la destrucción creativa del capitalismo". ¿Se imaginan al Comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios haciendo pintadas situacionistas en los retretes de la Eurocámara e irrumpiendo desnudo en un pleno al grito de "¡Viva la revolución libertaria!"? Yo tampoco.

Testigo 2: Al llegar al Elíseo Nicolás Sarkozy apostó por "liquidar la nociva herencia del 68". Cabría preguntarse a qué herencia se refiere Monsieur le Président... Para el filósofo José Luis Pardo es precisamente la derecha quien transita hoy por muchos de los caminos abiertos por aquellos jóvenes: la animadversión por la disciplina jurídica, el desprecio por todo lo que huela a regulación estatal, la melena al viento de José María Aznar... provienen de aquellos polvos (y de ahí estos lodos).

Testigo 3: Para Mario Vargas Llosa aquel mayo francés está en el origen del actual desprestigio de la docencia al dinamitar el concepto de autoridad defendido por el peruano (¿autoridad? ¿no se estará refiriendo por casualidad a la Academia sueca don Mario?). No sólo eso, sino que la creciente brecha social que separa a los que pueden costearse una educación exclusiva y de pago frente a "las pequeñas satrapías de matones y pequeños delincuentes" que pueblan la escuela pública es culpa de pensadores como Michel Foucault. ¡Vaya! Y yo que creía que la falta de oportunidades, la marginación de los inmigrantes o la carencia de recursos educativos tendrían algo que ver en el asunto y resulta que es culpa del jodido Foucault... ¡qué merecido tenía ser calvo!
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éste es el problema según don Mario

¿Pero qué demonios ocurrió en el 68? ¿Por qué todo el mundo se llena la boca con ese número? Y lo más importante... ¿Han vuelto los Infames a darle al pacharán? Bueno, como les había prometido que éste no sería un artículo más sobre aquellos sucesos me limitaré (si es que son posible los límites en este tema) a hablarles de Guy Debord, el escritor que más contribuyó a escanciar aceite sobre aquel incendio que se desató en París y que sin duda ocupa un lugar especial en la lista negra de Vargas Llosa. Puede que Debord sea en la actualidad uno los autores más citados y menos leídos del siglo pasado, pero su libro 'La sociedad del espectáculo' estaba repleto de hallazgos e intuiciones que a todos nos han logrado sorprender en alguna ocasión: la posibilidad de experimentar la vida como algo propio y no como un espectáculo ajeno en el que sólo se nos reserva el papel de consumidores pasivos, el atrevimiento de ejecutar el programa que se escondía detrás de la poesía moderna, la llamada a romper con la insoportable alteridad que nos hace sentirnos extraños en nuestro propio cuerpo...

A mediados de los 80 la historia de los situacionistas, aquel grupo de estetas revolucionarios, yacía en el suelo, rota. Debord se arrodilló y con ellos construyó 'Panegírico', una suerte de autorretrato de la margen izquierda del río, de aquel barrio donde lo negativo estableció su corte: "En el barrio de perdición al que llegó mi juventud, como para acabar de instruirse, se diría que se habían dado cita los signos precursores de un próximo hundimiento de todo el edificio de la civilización. Allí siempre había personas a las que sólo era posible definir negativamente, por la sencilla razón de que carecían de oficio alguno, no realizaban ningún estudio y no practicaban ningún arte" (podría estar hablando de los Infames, pero no, nosotros no andábamos por allí).


Guy Debord ¿haciéndose el interesante o simpelmente borracho?


Leyéndolo, a veces tenemos la impresión de estar ante una suerte de criptograma. ¿Qué decir del autor de una autobiografía refractaria en continua fuga? Parece que Debord se divierta escribiendo, emborronando cuartillas como un calamar. No busquen una obra al uso. No la encontrarán aquí. Ahora Acuarela&Antonio Machado nos acercan por primera vez en castellano la edición conjunta de los dos primeros tomos de este 'Panegírico' (el tercer tomo que debía cerrar la serie fue quemado por expreso deseo de su autor la misma noche en que éste se descerrajó un tiro en el corazón que sonó como un trágico punto final). Para hacer más atractiva si cabe esta publicación los editores han recuperado un texto de Greil Marcus, el autor del fundamental 'Rastros de carmín' (Anagrama) que todos ustedes, gente con gusto, deberían leer si no lo han hecho ya.
Pero abramos el libro: "En toda mi vida no he visto más que tiempos de desorden, desgarros extremos en la sociedad e inmensas destrucciones". Vaya, es un inicio que nada tiene que envidiar al 'Aullido' de Allen Ginsberg. Leyendo esta obra —hay que apurarla del tirón— nos quedan claras dos cosas: que Debord vivió (y bebió) mucho y que fue un extraordinario escritor secreto más allá de sus tesis sobre la sociedad del espectáculo capaz de hablar brillantemente sobre las campañas napoleónicas, el mezcal, Baltasar Gracián y por supuesto... de París.

El segundo tomo está compuesto a base de fotos e ilustraciones que iluminan lo apuntado en el primero de ellos: fachadas desconchadas que se dejan acariciar por un nuevo día, imágenes desenfocadas de conjurados altivos y desafiantes posando mientras apuran un cigarrillo, antiguos mapas de ciudades que no conducen a ninguna parte... instantes suspendidos que esconden la posibilidad de escapar de una vida degradada. Y entonces todo sería posible...

Psicogeografía o el arte de seguir un mapa puesto de pacharán hasta la cejas
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PD: Si quieren saber más, los amigos de Acuarela&Antonio Machado cuentan también en su catálogo con los muy recomendables 'Los situacionistas' de Mario Perniola y 'Mayo del 68 y sus vidas posteriores' de Kristin Ross.


Publicado en soitu.es 28.08.2009

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ESTO NO ES UNA CELEBRACIÓN DE MAYO DEL 68

3 de junio de 2008


Junto a los fastos dedicados al bicentenario independentista de 1808 que se han organizado a modo de "mausoleo" en las mesas de novedades de las librerías, suele encontrase estos días una pequeña "capilla" de libros (novedades y reediciones) en la que algunos rezan a la divina inocencia y espíritu combativo de aquel mayo del 68.

Nosotros, que a veces aún nos sorprendemos en actitudes inocentes, recopilamos a finales de abril unos cuantos libros sobre el tema: el 68 francés (ver final del artículo). Un mes de mayo que aunque no fue el único, siempre ha sido el más (sonoro y) sonado; ahora, al menos, es el que más vende. Pero todos esos libros quedaron arrinconados a consecuencia del encuentro con una novela de apenas 100 páginas y de hermoso título: 'Campo de amapolas blancas' (Tusquets, 2008).

Pudimos conocer a Gonzalo Hidalgo Bayal cuando Tusquets recuperó 'Paradoja del interventor' (2006). Aunque considerada por algunos su mejor novela, otros, en cambio, amparados en los elogiosos comentarios que acompañaban su publicación, disfrutaron de su lectura pero no les pareció "para tanto". Eso mismo me dijo ayer un hombre en la librería, "sin duda una gran novela, pero no es para tanto". Me explico: qué novela soportaría el horizonte de expectativas que la siguiente crítica abre en el desamparado lector: "Ojo, lector en singular, he aquí la novela más importante que he podido leer en los últimos años, no sé si diez, quizá veinte". Difícil, casi imposible elevar una novela a tal rango (Tipos Infames agradeceríamos cualquier opinión o recomendación al respecto, sobre todo si la novelas propuestas aún no las hemos leído).

Aún así, no sólo por llevar la contraria, prefiero 'Campo de amapolas blancas' –como el Strawberry fields forever de los Beatles pero en tierras extremeñas-. Es una novela muy breve, pero me parece absolutamente redonda, casi perfecta. Y a pesar de ser tan pequeña (poco más de 100 páginas si le sumamos el epílogo a cargo de Luis Landero) en ella cabe de todo: clases de literatura en un colegio religioso; los programas de televisión que podían verse y los que no; las lecturas prohibidas; "cuando Otto e Mezzo nos golpeó con la certidumbre de una belleza intacta e insondable"; la curiosa mezcla de tabaco de pipa con aspirina para colocarse; los deseos de pintar o vivir como un poeta tras leer a Cavafis; dos jóvenes españoles en el París de los años 60; la diversión gamberra y el servicio militar; o las disyuntivas de siempre: Chaplin o Keaton, Sartre o Camus, Godard o Truffaut, The Beatles o The Rolling Stones…y un largo etcétera de preferencias e influencias. Todo ello mediante la voz de un narrador que trata de recordar aquellos años y la amistad que le unió a H.

La prosa de Hidalgo Bayal vuelve a sorprendernos por su brillantez. Es capaz de controlar todos los elementos de la historia de principio a fin, midiendo incluso cada frase sin parecer forzado. Por eso mismo exige una lectura lenta: como los cuadros pequeños que en una exposición reclaman nuestra cercanía y atención exclusiva, 'Campo de amapolas blancas' casi nos obliga a detenernos y releer, no sólo fragmentos, sino capítulos enteros. La última vez que había experimentado esta sensación de cercanía y lectura pausada fue con 'De la elegancia mientras se duerme' (Impedimenta, 2008), del decadente y provocador Vizconde de Lascano Tegui. Releí una a una cada entrada del diario.

Este fin de semana trataré de pasar religiosamente por La Feria del Libro, pero si hay tormenta, como parecen pronosticar, me quedaré encerrado en casa oyendo llover, leyendo de nuevo 'Campo de amapolas' blancas, e imaginando que yo también en algún tiempo quise ser director de cine como los personajes de la novela. "Íbamos a hacer cine los dos, hasta el último aliento, 'à bout de soufflé': él sería guionista y yo director. Fabricaríamos un cine diferente y genial, expresión de una belleza nueva en la que el hombre iba a reconocer su intacta ontología. Ganaríamos dinero hasta la extenuación. Además, según los caprichos añadidos de la industria y del talento, nos acostaríamos con las actrices y con las peluqueras y con las maquilladoras y con las starlets, pero, sobre todo, para desquiciar el racord, con la script girl, nuestra veleidad erótica recóndita y morbosa".


Pero, aunque esto no sea definitivamente un artículo conmemorativo, cabe preguntarnos qué fue de aquel mayo francés . Ahora se puede encontrar información en exceso en las librerías, y la pregunta sigue siendo la misma: ¿sigue vigente y es necesario recordarlo o no?

Sobre qué supuso y las consecuencias derivadas tratan los libros de Kristin Ross, 'Mayo del 68 y sus vidas posteriores' ( Acuarela & Antonio Machado ), el escrito entre André y Raphaël Glucksmann (padre e hijo), 'Mayo del 68. Por la subversión permanente' (Taurus) o el del dúo formado por Daniel Cohn-Bendit y Rüdiger Dammann, 'La rebelión del 68' ( Globalrhythm ), que lleva como contradictorio reclamo una cita del mismísimo señor Aznar.

De todas formas, nuestro favorito sigue siendo 'Los 68' del gran Carlos Fuentes, editado en el año 2005 por Debate. El libro reúne tres crónicas: su vivencia de los acontecimientos en mayo del 68 en París, la estancia en Praga, junto a García Márquez y Cortázar, tras la invasión del ejército soviético, y los sucesos de la plaza de Tlatelolco en su México natal.

Publicado en soitu.es (31-05-2008)

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