Cantando la Marsé-llesa

13 de febrero de 2011

Miércoles 18
(20:00) Inauguración de la exposición "Minucias y otras grandezas" de Julio Falagán. Aires de fiesta los chicos y chicas…
Jueves 17
(18:30) Taller de escritura creativa con el ilustre Antonio Jiménez Morato.
(20:30) Presentación del libro "20 relatos de humor y una canción desafinada" (Editorial Conteros), escrito por Pepe Macías.

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¿tenía "tigre" la reina Isabel I?

19 de octubre de 2009

¡chitón!

La impostura siempre ha sido un tema de interés y es probable que los impostores de una u otra especie proliferen mientras la naturaleza humana siga siendo tal y como la conocemos y la sociedad siga prestándose al engaño.


No podía estar más en lo cierto Bram Stoker (1847-1912) cuando comenzó con estas líneas su 'Famosos impostores', libro recientemente rescatado gracias al singular empeño de la editorial Melusina. El padre de 'Drácula' (sí, hay más, mucho más, tras la historia del 'chupasangres' universal...) nos ofrece en este libro una variada galería de personajes que hicieron de la impostura todo un arte, alcanzando, en no pocas ocasiones, una insospechada sofisticación.

Son muchos los ejemplos recogidos por el irlandés. En algunos fue la ambición lo que movió a pícaros rufianes a hacerse pasar por monarcas dados por muertos, delfines defenestrados o príncipes perdidos. Entre este grupo de timadores me quedo con el caso de nuestros vecinos y quienes se hacían pasar por el fallecido rey Sebastián de Portugal (que alguno de estos impostores no hablase portugués no era importante para quienes creían en el 'derecho divino') una costumbre que se cimentaba en la creencia del futuro retorno del monarca y que dio origen a un culto seguido, entre otros, por Fernando Pessoa (gran aficionado al ocultismo como Stoker).


el strigoi irlandés, posando para la posteridad

A medida que nos adentramos en este muestrario de mistificadores comprobamos que, tal y como sucede hoy, la impostura se situaba a menudo del lado de la ley. Así lo demuestran el repaso a la trayectoria de los llamados 'defensores de la fe', que llevaron a la hoguera a miles de inocentes en los procesos contra la brujería, esa macabra moda que se extendió a lo largo del XVII y el XVIII. En otras ocasiones, como en el caso de mujeres que se hicieron pasar por hombres, fue la búsqueda de una escapatoria a las estrechas posibilidades que les ofrecía su sexo en aquellos tiempos lo que las movió a la suplantación. Estos casos de ocultación sexual ofrecen una cara de la moneda que se completa con otra: la de aquellos varones que se hicieron pasar por bellas y delicadas damas hasta que llegaba la hora de desenvainar el florete (por favor, no busquen un doble sentido en esto...). Sin duda, el más extraordinario entre estos casos es el recogido por Stoker, según el cual podría llegar a impugnarse la identidad de su Graciosa Majestad, la reina Isabel I de Inglaterra, quien en realidad habría sido... un hombre. Si en algunos ejemplos anteriores el autor se pierde en la minucia, en ésta, por contra, se agradece su fidelidad al detalle, su atención a los jirones de la historia para recabar toda la información posible sobre este caso, que de ser cierto, nos enfrentaría a la mayor impostura de la historia.

El libro de Stoker nos ha hecho reflexionar sobre el universal arte de la impostura, el engaño y la falsificación, disciplinas al alcance de todos nuestros lectores. Y no lo decimos porque sea de gran facilidad ejercitarlas (que también), sino por lo sencillo que resulta hacerse con ejemplos para quien así lo desee. Aquí van algunos ejemplos de lo que ha dado de sí la suplantación en el campo de las letras:

¡pasen y lean!


Impostura racial. La conmemoración del centenario del nacimiento de Boris Vian, Infame donde los haya, no se agota con las canciones de Andy Chango. Así que si todavía no han leído 'Escupiré sobre vuestra tumba' (Edhasa) sepan que podrían estar incurriendo en un delito. Si quieren presentar atenuantes no tarden en conocer la cruda historia de Lee Anderson, un negro de piel blanca y raudales de mala baba.

Impostura religiosa. Hacerse pasar por otra persona tiene un pase... pero aparecerse como la nueva reencarnación de Dios Padre Todopoderoso ante los miembros de la Iglesia del Cristo Fuertemente Armado es otra cosa muy distinta. 'Quién fuera Dios' (Tusquets) nos devuelve en plena forma a Tibor Fischer, el más vitriólico de los humoristas ingleses.

Impostura social. Aprovechando que están reeditando todas las obras del último premio Cervantes es el momento para acercarse a uno de los mejores libros de uno de nuestros autores favoritos. 'Últimas tardes con Teresa' (Lumen) narra la impostura del ínclito Pijoaparte, un charnego agitanado que decide medrar en la Barcelona progre de los años sesenta.

Impostura sexual. Los Tipos Sexuales... perdón, Infames, somos muy dados a la impostura —por exageración— en el campo de lo erótico, pero no hablaremos de nosotros en esta ocasión (¡no por lo que nos pagan!) sino de otro tipo de impostura, la que relata Jeffrey Eugenides en 'Middlesex' (Anagrama), o lo que es lo mismo: eso que se ha dado en llamar 'la gran novela americana', pero contada por un hermafrodita. Genial.

Impostura literaria. Efectivamente, amigo lector, el engaño es práctica habitual en el mudo de las letras. Y la última viene firmada por Stoker, pero no por el bueno de Bram, sino por su bisnieto, quien acaba de publicar al alimón con el supuesto escritor Ian Holt la infumable secuela 'Drácula. El no muerto' (Roca). Si estuviera ante un vampiro y Dacre Stoker a un mismo tiempo y sólo tuviera una estaca no dudaría a quien clavársela... ¡menudo impostor!.
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Impostura ibérica


publicado en soitu.es 19-10-2009

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Gómez Arcos y las guerras perdidas

6 de mayo de 2009
Agustín Gómez Arcos, escritor carnívoro

Hace apenas unos días, en su discurso de aceptación del premio Cervantes, Juan Marsé recordaba un tiempo no demasiado lejano en el que las palabras vivían bajo sospecha y muchas cosas parecían no existir por el mero hecho de que nadie se atrevía a nombrarlas. Esto es algo que comprobaría dolorosamente el escritor Agustín Gómez Arcos (Enix,1933-París,1998), quien vio cómo sus palabras eran sistemáticamente sometidas a la censura y al escarmiento.

Cuando el entonces estudiante de Derecho decidió abrazar definitivamente la literatura, se dio cuenta de que le era imposible estrenar sus obras dentro de la gris España de aquellos años. Es entonces cuando decidió exiliarse, primero en Londres, y desde 1968 en París, donde logrará el (merecido) reconocimiento que se le negaba en su país. Pero su exilio fue de raíz, esto es, radical, pues decidió también mudar de lengua, razón por la cual muy pocos son los que han sabido de la existencia de esta suerte de escritor secreto.

Y aquí aparece la editorial Cabaret Voltaire, empeñada en recuperar la obra de Gómez Arcos... Si primero consiguieron asombrarnos con la hipnótica historia de 'El Niño pan', lo lograrían de nuevo con la magnífica 'El cordero carnívoro': una historia de incesto homosexual con el paisaje de fondo de la guerra y sus cicatrices, físicas y morales. Ahora le llega el turno a 'Ana no', la novela con la que el autor consiguió consagrarse como escritor francófono y que (ya ven, cosas y misterios de la edición) todavía se encontraba inédita entre nosotros. Una nueva muesca en la culata de esta editorial catalana. Y van ya...



No es país para viejos


En este caso, y como siempre, Gómez Arcos logra tomarnos por sorpresa con esta historia de amor y muerte, la historia de Ana Paucha, una mujer perteneciente a la estirpe de los vencidos, de aquellos que lo perdieron todo con la guerra. Una anciana de 75 años a quien la contienda arrebató a su marido y a sus hijos mayores, enterrados en alguna fosa sin nombre en el frente de Aragón. El pequeño, condenado a cadena perpetua, lleva encerrado desde entonces en el pudridero de alguna cárcel franquista en el norte de España. Y con ellos Ana, marcada por los vencedores (Gómez Arcos, nacido en el seno de una familia republicana, sabía lo que suponía venir al mundo con una mancha indeleble), había sido también condenada a acabar sola, corroída sobre las arenas de la playa al igual que la barca con la que sus hijos faenaban la mar.

Así, Ana Paucha, Ana no, abandona su pueblo de pescadores, su casa de habitaciones y camas vacías y parte para despedirse de su hijo y con él de la vida, dejando atrás una existencia no vivida. Un pan de aceite con almendras, anís y mucho azúcar, amasado especialmente para 'el pequeño' (un bizcocho piensa, pero que termina por convertirse en negro féretro) que junto a sus recuerdos conforman su único equipaje para este emocionante viaje. Un viaje en el que acompañamos a esta pequeña y negra sombra desdibujada siguiendo la vía del tren, rumbo a un Norte que simboliza para ella el último encuentro con su hijo preso y el definitivo abrazo con una muerte que tras arrebatarle a los suyos, y con ellos sus ilusiones, le espera al final del camino. Con esta mujer a la que no se le permitió tener una identidad (Ana no: negación absoluta) el escritor consigue un personaje absolutamente original, pero que también es todas y cada una de aquellas mujeres que fueron mordidas por la desgracia y sufrieron el expolio de la memoria. Ana Paucha es la Benina de la 'Misericordia' de Galdós, son las mujeres de las novelas de Marsé... mujeres a las que Gómez Arcos consigue atrapar con una palabra humilde y ceñida a la vida en esta maravillosa obra.


Un país de horca y cuchillo
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Puede parecer una historia dura (huella viva de nuestro pasado reciente), pero hay una dignidad asombrosa en esa figura hecha de ausencias que camina contra el viento con los pies envueltos en viejos trapos para gritar en un último acto que todavía existe. Un camino a través de la España de aquellos años de plomo en compañía de otros derrotados por la vida y que termina por ser de conocimiento propio hasta el ineludible final. Y si al llegar a él no se les anuda la garganta deberían preguntarse en qué momento dejaron de estar vivos.
Publicado en soitu.es (05.05.2009)

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Las "aventis" del nuevo (¡y justo!) Cervantes

28 de noviembre de 2008
Nuestro voto para el Cervantes: Juan Marsé

La verdad es que hacer quinielas sobre los premios literarios se parece mucho a elucubrar las posibles necrológicas del año… con el inconveniente añadido de que si fallas el tiro no puedes guardarla en el cajón, cruzarte de brazos y esperar a que el tiempo, tozudo como él solo, siga su curso… ¡Pero cómo nos alegramos de que nuestra voz se haya escuchado en el Cervantes! No, si ya sabíamos nosotros que no hay día que pase que el ministro no pregunte si hemos escrito algo...

Por mucho que hubiera otros favoritos, ha sido Juan Marsé (Barcelona, 1933) quien al final se ha llevado el subidón de 'pasta' del Premio Cervantes 2008. Y es que podría pensarse que a Marsé este tipo de galardones le traen al fresco después de la jarana que organizó hace unos años en la entrega del Planeta cuando puso de vuelta y media la obra de la ganadora, calificando no de baja, sino de "subterránea" la calidad de las obras ganadoras (¡y eso que era miembro del jurado!), pero va a ser que no.

Ha llovido mucho desde que este catalán jugaba a contar historias ('aventis') con sus amigos en los descampados del extrarradio de Barcelona. Un aguacero que ha visto cambiar un país y ha dejado por el camino un puñado de extraordinarias novelas entre las que brilla con luz propia la divertidísima 'Últimas tardes con Teresa' (Seix Barral, 1966), en la que, gracias a Manolo Pijoaparte (un trepa en toda regla, charnego y macarra para más señas) ponía a caer de un burro a toda la falsa progresía catalana de la época.

Pero si tuviésemos que acometer la difícil tarea de recomendar tan sólo una obra de Marsé sería la EXTRAORDINARIA (sí señores, con mayúsculas) 'Si te dicen que caí', novela que demostraba que la libertad estaba allí, esperando para que nos acercásemos a ella sin miedo y dejáramos de sobarla sólo con la palabra. Una recreación de su niñez y de la Barcelona de posguerra que ha acabado convertido en una suerte de contraseña entre sus lectores. 'Si te dicen que caí' (por cierto, un verso del himno falangista 'Cara al sol') tiene una historia tortuosa que incluye el lápiz rojo de la censura, ediciones clandestinas, secuestros (del libro, no se vayan a imaginar al pobre Carlos Barral en un maletero) y una anécdota por cada lector que se haya acercado hasta ella.

Luego vendrían otras como 'La muchacha de las bragas de oro' (1978), 'El embrujo de Shanghai' (1993) o 'Rabos de lagartija' (2000), con el que ganó el Premio Nacional de Narrativa. Pueden elegir otras que, aunque a nosotros no nos gusten tanto, serán mucho mejor que lo que suele asomar en las estanterías de las librerías. Su último libro, 'La gran desilusión', es una obra escrita en los 70, pero rescatada ahora por Seix Barral. Tan difícil de clasificar como el propio Marsé. El gran Juan Marsé.

Por cierto: los Infames estamos ya hasta la punta del botín de tanto premio y no poder decir nada al respecto, así que anunciamos la creación de uno para ya mismo y que contará con la colaboración de nuestros pacientes lectores. Pero no podemos adelantarles nada todavía, así que permanezcan pegados a sus pantallas. Usted también, señor ministro.

Publicado en soitu.es (27-11-2008)

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