Preparad las maletas: hoy viajamos a dos lugares que ya no existen

30 de agosto de 2009
El Grupo ALGO interpretando a su modo el concepto de "el viaje"

"Se puede decir que he vuelto a casa. A mis primeros recuerdos de infancia. Lo único que dudo es si me duele más lo que permanece tal cual o lo que ya no está en su lugar". En mi buzón encontré este texto escrito a mano detrás de una foto bastante anodina que servía de postal. La foto era de un pequeño pueblo murciano y venía firmada por uno de los infames, que decidió aprovechar parte de sus vacaciones pasando unos días en el pueblo en cuestión, un lugar al que no había regresado desde hace más de quince años y donde desde muy pequeño pasó sus veranos.

Sus palabras cargadas de melancolía lograban resumir un mal tan veraniego como los cortes de digestión: tratar de regresar a los lugares donde uno ha sido pequeño y feliz para darnos cuenta de que ni el lugar ni nosotros somos ya los mismos, y que el reencuentro puede ser tan emocionante como desolador. Digamos que es imposible volver a un lugar que ya sólo existe en los recuerdos de uno.

Este infame, cuya relación sentimental con la región de Murcia es todavía desconocida por nosotros, tan sólo creyó poder encajar el pasado con lo que veía a su alrededor a las muchas horas de pasear por aquellas calles. Pero resultó una pista fatal y los primeros síntomas de un indicio de insolación. Al recuperarse debió de escribir la amarga postal que me envió.

A pesar de todo, no ha sido el peor parado de los infames a estas alturas de verano. Yo mismo llevo semanas de reposo en casa, con una pierna en alto y recibiendo noticias del exterior a través del periódico y de los amigos que vienen a visitarme. Visitar los lugares de la infancia no parece tan peligroso cuando no puedes ni bajar al bar de la esquina. Y para castigarme o engañarme un poco paso el día leyendo algunos libros de viajes de muy reciente publicación, y tan apetecibles que reservé para poder leer este verano en algún lugar muy apartado de casa.

Tampoco lo que traigo son libros de viaje al uso, nada que pudiera servir para poderse guiar o perderse voluntariamente por los países en cuestión, ya que ambos comparten a su modo con la ya citada aventura de nuestro socio infame el tratarse de viajes a lugares que ya no existen.

Pasear por el puente de Brooklyn

‘Un paseante en Nueva York’ (Barataria, 2009)

El primer "viaje imposible" es el de Alfred Kazin, para nada un atleta en busca de peligros en lugares a los que pocos han llegado antes, sino un crítico literario que comete la osadía de volver al barrio de su infancia, a Brownsville, y poner por escrito sus emociones y recuerdos en uno de los suburbios neoyorkinos más alejados de las postales más conocidas de Brooklyn (como la de la fotografía coloreada de los años 20 que ilustra la portada del libro).

Desde el primer olor que percibe al bajarse del tren, una espantosa mezcla de efluvios procedentes de los urinarios públicos y de la venta cercana de encurtidos, todo parece confirmar que se encuentra de regreso en casa. Y algunas sensaciones quieren hacerle creer que vuelve al mismo lugar. "Cada vez que regreso a Brownsville es como si jamás me hubiera marchado. […] He vuelto a donde comencé".

Pero como sucede con un libro que en su momento nos dejó una honda impresión y que no hemos vuelto a abrir por miedo a sentirnos defraudados con una segunda lectura, en los recorridos por Brownsville, junto a los recuerdos de las anécdotas y los negocios que con el tiempo desaparecieron, aquello que aún permanece casi en pie parece desprender un constante hedor a desazón, tristeza y melancolía. Ese tufillo y esa pena es la que logra transmitir con delicada emoción Alfred Kazin mediante ágiles enumeraciones de lo que encuentra a su paso, o centrándose en algunos espacios de particular importancia en su recuerdo: la cocina de su casa, un ámbito particularmente importante para su familia de procedencia judía (era hijo de emigrantes rusos), casi tanto como la sinagoga del barrio; su bloque de casas, los vecinos, la peluquería, la familia que regentaba la farmacia, y la sensación constante de que debido a lo apartado que estaba Brownsville todo sucedía siempre "más allá" de su barrio.

‘Un paseante en Nueva York’ plantea sin estridencias teóricas el problema irresoluble de tratar de asimilar aquello que uno recuerda en ciertos lugares y lo que ve en ese momento. De forma amena logra llevarnos de la mano por las dudas e ilusiones de un niño que terminó convirtiéndose en uno de los mejores críticos literarios norteamericanos de la mitad del siglo XX. No en vano siempre aparece asociado al grupo llamado New York Intellectuals, junto a gente de la talla de Mary McCarthy, Hannah Arendt, Sydney Hook, Clement Greenberg, o uno de los críticos a quien más respeto y admiro: Edmund Wilson.

Un español en el país de los soviets

‘8 días en Leningrado’ (KRK, 2009)

El siguiente libro que traigo en mi maleta de viajero sedentario obligado a guardar reposo nos cuenta un viaje a una ciudad que "ya no existe", narrado desde una sutil emoción y esperanza que se convierte en protagonista absoluta por encima del recorrido turístico.

El libro es tan atrayente y emocionante porque Luis Amado Blanco viajó esos pocos días a una ciudad, la antigua Leningrado, símbolo de lo que podría ser la gran posibilidad para afrontar una importante crisis mundial sin precedentes ni soluciones a mano. Sin considerarse "bolcheviques", aunque fueran tachados de ello, muchos inquietos jóvenes españoles simpatizaron con la Revolución Rusa (Amado Blanco tendría 14 años en 1917) porque desencantados con los valores heredados y ya inútiles, encontraron en la Rusia soviética un posible modelo social en que inspirarse, confiando en un cambio.

La tradición de los libros de viaje a Rusia durante esas importantes décadas tenían como objetivo prioritario la información fidedigna de lo que allí estaba sucediendo. Pero ‘8 días en Leningrado’, publicado en 1932, se sabe desde el inicio limitado por la cantidad de datos acumulados, aunque eso no es lo que en primer lugar preocupa a Luis Amado Blanco, sino la aportación de su propio punto de vista: observar, donde se demuestra un sagaz espía para los detalles, y analizar, porque aunque él se reconoce partidario de muchos aspectos del régimen sabe dar buena cuenta de opiniones contrarias. En España se había proclamado la Segunda República, y todos los hechos que pudieran recordarle en aquel país a la dictadura pasada en el suyo le parecían legítimamente criticables.

Sus cualidades de observador y su capacidad para dar forma literaria, donde se le reconoce su buen oficio de periodista sin renunciar al estilo literario, consiguen hacer de ‘8 días en Leningrado’ un excelente libro y obligarnos a replantear si el lugar silenciado en el que se ha arrinconado al autor es pertinente o no, una consecuencia —evitable si empieza a reeditarse e interesar su obra— de que viviera apartado de España, en Cuba, desde poco después del inicio de la Guerra Civil.

Publicado en soitu.es (26-8-09)


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Donde dije "digo", digo "Diego"

18 de abril de 2009
Gide dibujando billetes falsos de 50 euros

Realizar una buena traducción es realmente complicado. Hoy, que desperté un poco pesimista, diría que es casi imposible. En esta labor de 'interpretación' y 'manipulación' de textos ajenos de la que tanto dependemos los lectores, se debe establecer una especie de negociación entre ambos idiomas, con el traductor como mediador, quien tendrá que hacer 'hablar' al texto original en otro idioma. Aún siendo 'imposible', una buena traducción será aquella en la que —aunque no puedan ganar todos— ninguna de las partes implicadas sienta que haya perdido. Ciertamente, se trata de "decir casi lo mismo", tal y como titula Umberto Eco su libro sobre el trabajo de traducción y sus propias experiencias en el campo.

Al igual que poniendo a dos pianistas frente a la misma partitura se escucharían dos versiones distintas (esa misma distancia puede apreciarse años después en el mismo intérprete, como en el conocido caso de Glenn Gould sentado en la misma silla, pero interpretando las 'Variaciones Goldberg' en 1955 y en 1981) sucederá algo parecido cuando pasado el tiempo volvamos a empezar a leer alguna de las novelas más conocidas, pero en una nueva traducción. Ésta ha sido nuestra tarea de la última semana.

Si alguien se atreve aún a entrar en una librería, tendrá que enfrentarse en primer lugar a grandes pilas de libros firmados por presentadores de la tele, pero si contiene su primer impulso de salir de ahí y resiste un poco, podrá encontrar algunas novedades que presentan un texto prácticamente nuevo basado en una reciente traducción.

"Ha llegado el momento de pensar que oigo pasos por el corredor", se dijo
Bernard.

"Buen momento para pensar que estoy oyendo a alguien andar por el
pasillo", se dijo Bernard.

La primera de las frases corresponde al inicio de una de las novelas canónicas del siglo XX tal y como la leímos todos aquellos que no estábamos preparados para leer en francés 'Les faux-monnayeurs', de André Gide, traducida entonces por Agustín Caballero Robredo como 'Los monederos falsos'. La otra traducción es obra de María Teresa Gallego Urrutia, y la acaba presentar la editorial Alba con un título también nuevo: 'Los falsificadores de moneda' (Alba, 2009). La diferencia para algunos será demasiado sutil o simplemente les parecerá igual, pero nosotros pensamos que siendo el contenido el mismo, ya que existe un texto original como referente, la forma de expresarlo puede convertir el nuevo texto en una obra mejor, como creemos que es el caso. Que las ediciones anteriores de la obra estuvieran descatalogadas convierte a esta nueva edición en imprescindible: una de nuestras novelas favoritas, constantemente citada como una de las cumbres narrativas del siglo pasado, que hemos tenido la inmensa fortuna de poder volver a leer con la misma devoción que hace años, pero con el valor añadido de una estupenda traducción.

Gesto agrio y cabeza genial: Poe

Una de las efemérides literarias más citadas en lo que va de año es la del segundo centenario del nacimiento de Edgar Allan Poe. Y se han sucedido las ediciones de sus cuentos en editoriales como Páginas de Espuma, Augur o Edhasa... todas ellas con la traducción ya 'clásica' de Julio Cortázar, uno de sus más dignos y reconocidos herederos. Pero nadie parece haberse hecho eco en este caso de la siempre citada necesidad de revisar las traducciones de los textos clásicos, y de que la labor realizada por Cortázar, aunque muy buena, tiene más de 50 años. Si fuéramos de los que piensan mal (y acertaríamos, concluiría mi abuela) haríamos asomar la posibilidad de que se tratara de un caso —también clásico— de comodidad editorial (aunque la edición de Páginas de Espuma tiene en su caso el valor añadido de contar con un pequeño prólogo en cada cuento a cargo de un reconocido escritor). Aprovechando todo el revuelo editorial que se ha levantado nadie parecía dispuesto a levantar la mano y opinar lo contrario... ¿Nadie? ¡No! Una pequeña editorial asentada en Oviedo resiste a base de muy cuidadas ediciones de textos necesarios y autores imprescindibles: en el catálogo de KRK encontramos a Sterne, Iván Turguénev, Boleslav Prus, Ramón Pérez de Ayala, Piotr Alexéivich Kropotkin, Samuel Johnson, E.T.A. Hoffmann... listado al que acaba de sumarse el señor Poe.

'Cuatro cuentos. Manuscrito encontrado en una botella. El hombre que se gastó. La caída de la casa Usher. William Wilson' (KRK, 2009) presenta cuatro de sus piezas más (re)conocidas, "cuatro deslumbramientos" como señala el prologuista Ricardo Menéndez Salmón (y dos de los cuentos de Poe que a mí más me gustan, por si a alguien pudiera interesarle este dato), en una nueva y muy buena traducción a cargo de Jaime Priede. Así que ahora paso las tardes disfrutando de estos cuatro cuentos 'casi nuevos', comparándolos inevitablemente (y por diversión) con los de mi viejo ejemplar de los cuentos de Poe, porque al igual que KRK sentía que lo que necesitaba no era un volumen más nuevo con el texto de siempre, sino los cuentos que ya conocía, pero leídos desde otro punto de vista.

Dos amigotes comparten su vida en la carretera

El último de los casos es algo distinto. 'En el camino' de Jack Kerouac siempre ha sido uno de los libros que pensé que necesitaban una nueva traducción. No critico por ello la labor de Martín Lendínez (su primer traductor para Anagrama), pero se trata de la traducción, hace ahora 20 años, de un libro con una importante carga de terminología jergal que parecía hacerlo envejecer de forma prematura. Por eso es muy bien recibida la nueva traducción de Jesús Zulaika, que ahora pasa a titularse de forma más acertada 'En la carretera' (Anagrama, 2009), y que cuenta con el interés añadido de tratarse del texto 'original', es decir, el del famoso rollo mecanografiado que Kerouac escribió del tirón y que años después tuvo que recortar, y casi escribir de nuevo, para lograr que se publicara.

De hecho, nada más empezar a leer esta 'novela de culto', encontramos enseguida las primeras diferencias: la vida en la carretera de Sal Paradise, que aquí vuelve a llamarse por fin Jack Kerouac, empieza con la aparición de Neal Cassady —que tampoco se esconde en la novela tras el nombre de ficción de Dean Moriarty—, pero ésta sucede no después de la separación del narrador con su mujer, sino tras la muerte del padre. Este es sólo un ejemplo, porque también en el texto original (aunque con el mal menor que supone toda traducción) podemos sentir mejor ese fraseo desenfrenado y bebop del que siempre se habla al referirse a la prosa del santurrón de los hipsters, repeticiones voluntarias, fragmentos eliminados... Algo parecido a esta renovación beat es la que promete también Anagrama para el próximo año, cuando publique los cuentos de Raymond Carver sin los cambios y cortes a los que los sometió su editor Gordon Lish: se anuncian no sólo finales distintos o completamente mutilados, sino también un serio cambio de estilo, al parecer no tan minimalista y frío, que quizá no sea del gusto de los muchos seguidores del norteamericano.

Y yo que siempre dije que nunca volvería a leer esta novela, estoy volviendo a sentir (como cuando tuve 20 años) ese entusiasmo casi eufórico hacia las cosas que encontramos en el camino y las que nos quedan aún por adelante. De hecho, ahora que he vuelto a poner un disco en el que George Shearing toca el piano... ¡increíble!... estoy convencido de terminar las 30 páginas que me quedan del libro en apenas un suspiro. Entonces, y sólo entonces, seguiré buscando nuevas traducciones para poder volver a leer de nuevo otras novelas ya conocidas.

Publicado en soitu.es (15-4-09)


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El primer título del prometedor catálogo de algunas de las nuevas pequeñas editoriales

7 de octubre de 2008

El título que encabeza el post (creo que) es bastante explícito, así que tan sólo decir que se trata de las propuestas editoriales surgidas desde hace dos o tres años y que ahora mismo tengo en la cabeza (porque estoy seguro que no recordaré todas). Muchos de estos catálogos en apenas uno o dos años casi parecen consolidados a base de rescatar autores desconocidos o clásicos olvidados (y descatalogados) y de proponer autores actuales de calidad.

Esta es la enumeración de los autores y títulos correspondientes que inauguraron las colecciones literarias de aunas editoriales:

(se agradecerá cualquier aportación/mención que yo olvide)
(y cualquier error cometido)


* CABARET VOLTAIRE: Jean Cocteau, Thomas el impostor

* NÓRDICA: Heinrich von Kleist, Michael Kohlhaas

* MINÚSCULA: Joseph Roth, Las ciudades blancas

* IMPEDIMENTA: Stendhal, La abadesa de castro. Una crónica italiana

* PERIFÉRICA: Jules Vallès, El testamento de un bromista

* LIBROS DEL ASTEROIDE: A. J. A. Symons, En busca del barón corvo

* MARBOT: Raymond Queneau, El vuelo de Ícaro

* ERRATA NATURAE: Olivier Adam, Pasar el invierno

* KRK: Piotr Alexéievich Kropotkin, Memorias de un revolucionario

* ATALANTA: Joseph Conrad, El copartícipe secreto

* LAETOLI: Arno Schmidt, El brezal de Brand

* ALPHA DECAY: Francesc Serés, El vientre de la tierra


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