No soy escritor... ni falta que hace (1): Miles Davis

10 de septiembre de 2009
El genio: Miles Davis a la trompeta

Algunos han hecho del incomprensible y poco fiable oficio de escritor una pesadilla para los lectores. Cada cierto tiempo vuelven a ponernos los pelos de punta lanzando sin piedad al mercado otra de sus novedades insípidas con portadas en colores chillones. Una regularidad que suele afectar negativamente hasta a los escritores interesantes: ya sea para comer, comprarse un segundo chalet o simplemente por contrato, con cierta periodicidad uno debe firmar una novela con su nombre. Pero quien quiera ser escritor que no se asuste por lo que aquí decimos, porque en muchos casos no es del todo necesario terminar de escribir esas novelas, ya que hay gente a la que se le paga por ello (siempre que nos asegure que permanecerá en la sombra).

Por eso hoy hemos pensado iniciar una pequeña serie sobre libros escritos por gente ajena a tan afamado oficio. Músicos, artistas plásticos o conceptuales... y hasta equilibristas pasarán por aquí. El género al que pertenezcan nos es del todo indiferente, la única condición que les imponemos a estos textos es que logren apasionarnos.

Podría parecer que la vida de un músico tan extraordinario como Miles Davis ha despertado de por sí un interés mayúsculo entre los Infames. Y en parte es cierto, pero todo ese deseo de información quedó saciado cuando en su momento leímos (y esta es otra recomendación) la excelente biografía que Ian Carr le dedicó al músico, 'Miles Davis. La biografía definitiva' (Global Rhythm, 2005). En cambio, las razones que nos han movido a incluir en esta serie la autobiografía que Miles le 'dictó' a Quincy Troupe son más cercanas a las que nos hacen hablar de unas novelas y no de otras: ¡el libro es estupendo!

Tanta bibliografía ha generado la fascinación por la música de este genio (también puede disfrutarse en castellano de 'Miles Davis y Kind of Blue. La creación de una obra maestra'), que Miles debió pensar en que él podría hacer de su vida un libro como muchos otros han hecho, mientras que nadie tocaría la trompeta como él. Así surgió 'Miles. La autobiografía' (Alba, 2009). Se trataba de dejar reposar la trompeta sobre la mesa, enredarse en conversaciones con Quincy Troupe, poeta (autor de un conocido poema para Magic Johnson ), narrador y ensayista, para contarle toda su vida y que éste lograra darle unidad, consiguiera 'imitar' la voz narrativa de Miles y luego la pusiera por escrito: su vida tal y como la recordaba o quería que fuera vista por los demás. Por eso pasa rápidamente por algunos pasajes, casi de puntillas, insiste, y repite otros con intención de aclarar lo que según él no son más que malentendidos cometidos por sus biógrafos, rumores y mentiras que por repetirse algunos han terminado por creerse.

Un momento inolvidable: la grabación de 'Kind of Blue'

Es tan fácil dejarse llevar desde que suenan los primeros compases de 'So what', con el que se abría su conocidísimo disco 'Kind of Blue', como por el inicio apasionado de esta biografía: "Mira, la sensación más fuerte que he experimentado en mi vida (con la ropa puesta) fue cuando oí por primera vez a Diz y a Bird juntos en St. Louis, Missouri, allá por 1944. Yo tenía dieciocho años y [...]"

Parte del acierto que convierte este libro en algo más que una acumulación de datos que el biografiado quiere contarnos, es precisamente el logro —mérito atribuible a Quincy Troupe— de trasponer la forma de hablar de Miles por escrito. No el susurro casi afónico con el que parecía hablar , sino el tono directo, apabullante y lleno de jerga para contarnos su propia concepción de la música. Monk tocaba una "mierda increíble", Bird tocaba como un auténtico hijoputa, o Dizzy tocaba hasta perder el culo... y lindezas del estilo: Coltrane , "un hijoputa sensacional" que en su momento fue la voz que Miles Davis necesitaba oír del saxo tenor para lanzar la suya propia.

Miles consigue transmitir una verosimilitud cercana a la confesión pegada a la barra de bar: sabemos que quien nos habla seguramente nos miente, parece ocultar datos y tergiversa con naturalidad los comentarios de los demás... pero qué más da si consigue tenernos embobados durante muchísimo tiempo. Ejerce la misma atracción y despierta la misma sospecha que los mejores personajes-narradores de algunas novelas.

El hecho de conocer algo de su vida y discografía (no hay que ser un experto en música para engancharse con 'Miles. La autobiografía') aumenta nuestras ganas de seguir leyendo. Así, después de asistir al final del capítulo a la formación del gran quinteto de Miles Davis, junto a John Coltrane, Red Garland, Paul Chambers y Philly Joe Jones, seguimos leyendo ansiosamente porque sabemos que quedan pocos años para que en 1959 grabe ‘Kind of blue’ con su sexteto... y así hasta cambiar el rumbo de la música del siglo XX en alguna ocasión más.

Miles cambió varias veces el rumbo de la música moderna.

Otra vuelta de tuerca: “Los pajaritos” bailados a su ritmo.

Miles pasándolo bien por Harlem, deambulando por los clubes de la calle 52... Recuerda sus terribles años enganchado a las drogas, y todo lo que podía hacer para proveerse de material: robar a los amigos, seleccionar sus contratos para tocar según la cercanía a los lugares donde pudiera conseguir heroína, sacarle dinero a las putas para mantener su adicción; las consecuencias del 'Birth of the cool', que pareció surgir como alternativa al bebop y el ascenso posterior de músicos blancos como Chet Baker o Stan Getz; las posibilidades creativas que supusieron liberarse del cepo de los tres minutos que imponían los discos de 78 rpm o los continuos cambios de formaciones musicales. Todo sobre este maravilloso genio (y contado por él mismo), que siempre hizo con su vida y trompeta lo que estimó oportuno para alcanzar con su propio estilo nuevos límites en la música.

"Uno ha de tener estilo en cualquier cosa que haga: literatura, música, pintura, modas, boxeo, todo. Algunos estilos son ingeniosos, creativos, imaginativos e innovadores y otros no lo son."

Publicado en soitu.es (7-9-09)


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Miles Davis escucha a la banda de Billy Eckstine

1 de septiembre de 2009
Bird & Diz

"Mira, la sensación más fuerte que he experimentado en mi vida (con la ropa puesta) fue cuando oí por primera vez a Diz y a Bird juntos en St. Louis, Missouri, allá por 1944. Yo tenía dieciocho años y acababa de graduarme en la Lincolm High School, que estaba justo al otro lado del río Mississippi, en East St. Louis, Illinois.

Cuando oí a Diz y a Bird tocar con la banda de B, me dije: "¿Qué? ¡Qué es esto!". Tío, esa mierda era tan fuerte que asustaba. Figúrate, Dizzy Gillespie, Charlie Yardbird Parker, Buddy Anderson, Gene Ammons, Lucky Thompson y Art Blakey reunidos en la misma banda, y no digamos B: el propio Billy Eckstine. Era de puta madre, tú. Aquella santa mierda, tío, me inundó el cuerpo: la música que quería oír. Algo grande. Y yo allá arriba tocando con ellos."

(primeras líneas de 'Miles. La autobiografía', de Miles Davis y Quincy Troupe, que acaba de rescatar la editorial Alba)

Tanto monta...monta tanto: y suenan así


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Donde dije "digo", digo "Diego"

18 de abril de 2009
Gide dibujando billetes falsos de 50 euros

Realizar una buena traducción es realmente complicado. Hoy, que desperté un poco pesimista, diría que es casi imposible. En esta labor de 'interpretación' y 'manipulación' de textos ajenos de la que tanto dependemos los lectores, se debe establecer una especie de negociación entre ambos idiomas, con el traductor como mediador, quien tendrá que hacer 'hablar' al texto original en otro idioma. Aún siendo 'imposible', una buena traducción será aquella en la que —aunque no puedan ganar todos— ninguna de las partes implicadas sienta que haya perdido. Ciertamente, se trata de "decir casi lo mismo", tal y como titula Umberto Eco su libro sobre el trabajo de traducción y sus propias experiencias en el campo.

Al igual que poniendo a dos pianistas frente a la misma partitura se escucharían dos versiones distintas (esa misma distancia puede apreciarse años después en el mismo intérprete, como en el conocido caso de Glenn Gould sentado en la misma silla, pero interpretando las 'Variaciones Goldberg' en 1955 y en 1981) sucederá algo parecido cuando pasado el tiempo volvamos a empezar a leer alguna de las novelas más conocidas, pero en una nueva traducción. Ésta ha sido nuestra tarea de la última semana.

Si alguien se atreve aún a entrar en una librería, tendrá que enfrentarse en primer lugar a grandes pilas de libros firmados por presentadores de la tele, pero si contiene su primer impulso de salir de ahí y resiste un poco, podrá encontrar algunas novedades que presentan un texto prácticamente nuevo basado en una reciente traducción.

"Ha llegado el momento de pensar que oigo pasos por el corredor", se dijo
Bernard.

"Buen momento para pensar que estoy oyendo a alguien andar por el
pasillo", se dijo Bernard.

La primera de las frases corresponde al inicio de una de las novelas canónicas del siglo XX tal y como la leímos todos aquellos que no estábamos preparados para leer en francés 'Les faux-monnayeurs', de André Gide, traducida entonces por Agustín Caballero Robredo como 'Los monederos falsos'. La otra traducción es obra de María Teresa Gallego Urrutia, y la acaba presentar la editorial Alba con un título también nuevo: 'Los falsificadores de moneda' (Alba, 2009). La diferencia para algunos será demasiado sutil o simplemente les parecerá igual, pero nosotros pensamos que siendo el contenido el mismo, ya que existe un texto original como referente, la forma de expresarlo puede convertir el nuevo texto en una obra mejor, como creemos que es el caso. Que las ediciones anteriores de la obra estuvieran descatalogadas convierte a esta nueva edición en imprescindible: una de nuestras novelas favoritas, constantemente citada como una de las cumbres narrativas del siglo pasado, que hemos tenido la inmensa fortuna de poder volver a leer con la misma devoción que hace años, pero con el valor añadido de una estupenda traducción.

Gesto agrio y cabeza genial: Poe

Una de las efemérides literarias más citadas en lo que va de año es la del segundo centenario del nacimiento de Edgar Allan Poe. Y se han sucedido las ediciones de sus cuentos en editoriales como Páginas de Espuma, Augur o Edhasa... todas ellas con la traducción ya 'clásica' de Julio Cortázar, uno de sus más dignos y reconocidos herederos. Pero nadie parece haberse hecho eco en este caso de la siempre citada necesidad de revisar las traducciones de los textos clásicos, y de que la labor realizada por Cortázar, aunque muy buena, tiene más de 50 años. Si fuéramos de los que piensan mal (y acertaríamos, concluiría mi abuela) haríamos asomar la posibilidad de que se tratara de un caso —también clásico— de comodidad editorial (aunque la edición de Páginas de Espuma tiene en su caso el valor añadido de contar con un pequeño prólogo en cada cuento a cargo de un reconocido escritor). Aprovechando todo el revuelo editorial que se ha levantado nadie parecía dispuesto a levantar la mano y opinar lo contrario... ¿Nadie? ¡No! Una pequeña editorial asentada en Oviedo resiste a base de muy cuidadas ediciones de textos necesarios y autores imprescindibles: en el catálogo de KRK encontramos a Sterne, Iván Turguénev, Boleslav Prus, Ramón Pérez de Ayala, Piotr Alexéivich Kropotkin, Samuel Johnson, E.T.A. Hoffmann... listado al que acaba de sumarse el señor Poe.

'Cuatro cuentos. Manuscrito encontrado en una botella. El hombre que se gastó. La caída de la casa Usher. William Wilson' (KRK, 2009) presenta cuatro de sus piezas más (re)conocidas, "cuatro deslumbramientos" como señala el prologuista Ricardo Menéndez Salmón (y dos de los cuentos de Poe que a mí más me gustan, por si a alguien pudiera interesarle este dato), en una nueva y muy buena traducción a cargo de Jaime Priede. Así que ahora paso las tardes disfrutando de estos cuatro cuentos 'casi nuevos', comparándolos inevitablemente (y por diversión) con los de mi viejo ejemplar de los cuentos de Poe, porque al igual que KRK sentía que lo que necesitaba no era un volumen más nuevo con el texto de siempre, sino los cuentos que ya conocía, pero leídos desde otro punto de vista.

Dos amigotes comparten su vida en la carretera

El último de los casos es algo distinto. 'En el camino' de Jack Kerouac siempre ha sido uno de los libros que pensé que necesitaban una nueva traducción. No critico por ello la labor de Martín Lendínez (su primer traductor para Anagrama), pero se trata de la traducción, hace ahora 20 años, de un libro con una importante carga de terminología jergal que parecía hacerlo envejecer de forma prematura. Por eso es muy bien recibida la nueva traducción de Jesús Zulaika, que ahora pasa a titularse de forma más acertada 'En la carretera' (Anagrama, 2009), y que cuenta con el interés añadido de tratarse del texto 'original', es decir, el del famoso rollo mecanografiado que Kerouac escribió del tirón y que años después tuvo que recortar, y casi escribir de nuevo, para lograr que se publicara.

De hecho, nada más empezar a leer esta 'novela de culto', encontramos enseguida las primeras diferencias: la vida en la carretera de Sal Paradise, que aquí vuelve a llamarse por fin Jack Kerouac, empieza con la aparición de Neal Cassady —que tampoco se esconde en la novela tras el nombre de ficción de Dean Moriarty—, pero ésta sucede no después de la separación del narrador con su mujer, sino tras la muerte del padre. Este es sólo un ejemplo, porque también en el texto original (aunque con el mal menor que supone toda traducción) podemos sentir mejor ese fraseo desenfrenado y bebop del que siempre se habla al referirse a la prosa del santurrón de los hipsters, repeticiones voluntarias, fragmentos eliminados... Algo parecido a esta renovación beat es la que promete también Anagrama para el próximo año, cuando publique los cuentos de Raymond Carver sin los cambios y cortes a los que los sometió su editor Gordon Lish: se anuncian no sólo finales distintos o completamente mutilados, sino también un serio cambio de estilo, al parecer no tan minimalista y frío, que quizá no sea del gusto de los muchos seguidores del norteamericano.

Y yo que siempre dije que nunca volvería a leer esta novela, estoy volviendo a sentir (como cuando tuve 20 años) ese entusiasmo casi eufórico hacia las cosas que encontramos en el camino y las que nos quedan aún por adelante. De hecho, ahora que he vuelto a poner un disco en el que George Shearing toca el piano... ¡increíble!... estoy convencido de terminar las 30 páginas que me quedan del libro en apenas un suspiro. Entonces, y sólo entonces, seguiré buscando nuevas traducciones para poder volver a leer de nuevo otras novelas ya conocidas.

Publicado en soitu.es (15-4-09)


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